INDICE
Breves síntesis del medio físico
3.- El Valle de Mena
7.- Peña Amaya
9.- Tierras de Lara
10.- La Sierra de Neila
11.- La Yecla y Cervera
13.- La Hoya de Huidobro
14.- El Canal de Castilla
16.- La Dehesa de Huerta de Arriba
22.- El Viejo Ferrocarril Minero

En Burgos, una de las provincias más extensas y variadas de la Península, existen cientos de lugares en los que el relieve, la naturaleza, la historia y el hombre han configurado un paisaje y unos espacios únicos. Por suerte, a muchos de estos enclaves privilegiados no llegan las carreteras ni los automóviles; y para acceder a ellos hay que retomar el medio más antiguo y consustancial al ser humano: caminar.
Estas rutas están pensadas para servir de ayuda a quienes deseen conocer por si mismos la sugerente tierra burgalesa. Son todos itinerarios fáciles, que no requieren grandes esfuerzos, ni dotes físicas prodigiosas. Siguen casi siempre viejos y sabios caminos, amables cañadas y seculares calzadas. Además quieren ser variados: unos -la mayoría, recorren parajes de montaña, bosques y zonas apartadas, en los que la flora y la fauna autóctona no han sido alteradas por la presencia humana; otros se desvían y atraviesan pequeños pueblos aislados, en los que todavía perduran las últimas manifestaciones de la vida, las tradiciones, el arte y la cultura popular.
Sólo existe una condición imprescindible para lanzarse a recorrer los caminos y sendas presentados en estas rutas y paseos, -además de llevar este libro, un buen calzado, una pequeña mochila con ropa, alimentos y agua, sin olvidar
una bolsa para los desperdicios y los mapas topográficos correspondientes a cada itinerario-, un total y absoluto respeto a la naturaleza, el paisaje y el patrimonio artístico de las zonas que se visiten y atraviesen en cada circuito.
Breve síntesis del medio físico
Situación geográfica y límites
El territorio, conocido desde 1833 como provincia de Burgos está situado en la meseta septentrional de la península Ibérica, concretamente en el sector nororiental de la gran cuenca de acusados bordes que es la región Castellano-Leonesa. Sus límites geográficos y administrativos son por el Norte: Cantabria y Bizkaia; al este Araba y La Rioja; al Sureste, Sur y Oeste linda con las provincias de Castilla y León ?comunidad autónoma a la que también pertenece?, de Soria, Segovia, Valladolid y Palencia.
Estructura geológica y relieve
A pesar del tópico que ha venido identificando a toda Castilla con una inmensa y árida llanura, el visitante de Burgos quedará gratamente sorprendido por la diversidad morfológica y de relieve que se dan en este espacio provincial. Montañas y llanuras conforman un paisaje en el que casi siempre destaca el fuerte contraste de sus elementos.
En Burgos están perfectamente representadas las tres iberias geológicas: desde los materiales silíceos del Paleozoico -entre ellos aparecen las rocas más antiguas que se pueden encontrar en la Península-, pasando por las abundantes calizas del secundario y las arcillas terciarias de la cuenca del Duero, hasta los sedimentos más recientes del Cuaternario presentes en las márgenes de casi todos los ríos provinciales.
Tres características fundamentales definen la estructura física de la provincia: una altitud media elevada, un relieve accidentado y fragoso, y una gran diversidad paisajística debida a la confluencia de tres grandes unidades morfológicas. Una de ellas, en el Sureste, es el Sistema Ibérico -concretamente la sierra de La Demanda-; otra, que abarca casi todo el norte provincial, es la Cordillera Cantábrica con sus estribaciones meridionales, conocidas como "Montañas de Burgos"; y el resto del territorio que está ocupado por la cuenca sedimentaria del Duero.
Clima
Como en otros muchos aspectos, Burgos posee un clima variado y en algunos casos radicalmente opuesto. Así, descendiendo de los valles norteños, expuestos a las altas precipitaciones y suaves temperaturas propias de la influencia atlántica, y que apenas se diferencian de sus vecinos cántabros y vascos, encontramos una zona de transición: las altas parameras de La Lora, que debido a su altitud y relieve presentan un carácter inhóspito y estepario. A la altura de la ciudad de Burgos, y abarcando todo el sur y el oeste provincial, comienzan las llanuras típicas de la gran depresión del Duero, caracterizadas por un clima Mediterráneo seco. Aislada de la meseta aparece la sierra de La Demanda, en la que se refleja el efecto orográfico con una suavización de las temperaturas estivales y un aumento de la cantidad de lluvia.
En general una climatología dura con veranos calurosos, suavizados en el norte y en la sierra, y unos inviernos fríos pero secos. Sin embargo la primavera y el otoño son en estas tierras dos estaciones delicadas y bellas, muy indicadas para gozar del paseo y de la contemplación de la naturaleza.
Flora y fauna
Esta complicada conjunción de paisajes y climas han hecho posible que la provincia sea una auténtica encrucijada botánica y biológica. En Burgos están representadas las dos principales zonas biogeográficas de la península Ibérica: la región eurosiberiana y en concreto la llamada provincia atlántica, que se localiza principalmente en el extremo norte; y la región mediterránea que abarca el resto de la superficie burgalesa. Esta división no es rígida ya que las condiciones geográficas -altitud y orientación- hacen más variada la formación de los paisajes vegetales.
Cada zona tiene sus propias especies arbóreas -como se verá en los distintos recorridos- adaptadas perfectamente a las condiciones medio ambientales del entorno. Un 45% del territorio está considerado como superficie forestal, repartiéndose casi a partes iguales entre los bosques y el matorral.
También la riqueza faunística es importante y variada. Desde el lobo -incluso en algunas zonas se ha constatado la reciente presencia o paso de algún oso- hasta el pequeño desmán, están representados todos los mamíferos que habitan la geografía Ibérica. Buitres, toda clase de rapaces, aves acuáticas y una infinidad de pequeños pájaros se enseñorean de los cielos burgaleses. No se pueden olvidar los miles de insectos, peces, anfibios y reptiles, que hacen de este espacio uno de los más diversos en especies animales de Europa.
Influencia antrópica
Este sencillo resumen quedaría incompleto si no se hiciera referencia a la presencia del hombre y a su interrelación milenaria con el medio y la naturaleza. Como ha demostrado la arqueología, desde hace más de un millón de años, nuestros antepasados ya recorrían y habitaban este territorio. Así mismo muy cerca de la ciudad de Burgos, en la sierra de Atapuerca, se han encontrado los restos de los homínidos más antiguos de Europa. A partir de entonces la presencia humana ha sido constante, y todos los pueblos y culturas que han habitado la Península han dejado su huella en esta tierra.
El río Purón al atravesar la sierra de Arcena ha excavado un impresionante conjunto de desfiladeros. En su discurrir, el río salva varios desniveles, precipitándose en bellas cascadas. El camino que se introduce por esta angosta garganta, fue primero una importante vía romana, y luego una de las rutas que utilizaron los foramontanos en la repoblación de la meseta durante los siglos IX y X. Su privilegiada situación geográfica - sector meridional de la Cuenca Cantábrica-, convierte esta zona e,i un auténtico muestrario botánico y geológico.
Recorrido
El pueblo de Herrán que está situado en la misma entrada del desfiladero, conserva unas construcciones que son un ejemplo típico de la arquitectura popular del norte de la provincia de Burgos. En sus casas y casonas edificadas en piedra destacan las solanas -miradores corridos a lo largo de la fachada- y los escudos blasonados, que hablan del pasado hidalgo de sus habitantes. En el interior de una de sus casas solariegas se conservan todavía unas pinturas murales góticas.
Hay que salir del pueblo por el camino que paralelo al río Purón ?afluente del Ebro- se introduce en el desfiladero. El río en el transcurso de millones de años ha logrado abrirse paso en la gran masa rocosa de la sierra de Arcena. Al atravesar materiales con distinto grado de dureza- calizas, margas, y tobas-, el agua los ha erosionado de distinta forma e intensidad, configurando en pocos kilómetros un paisaje de gran variedad y belleza.
Con el río a la derecha, recorremos una primera zona de materiales blandos en los que éste ha excavado un profundo barranco. Muy pronto se llega a una estrecha garganta tallada en las calizas compactas del Cretácico. El río salva este primer desnivel precipitándose en una cascada de más de veinte metros. En este punto son visibles los restos de un puente que formaba parte de la vía romana que desde el Portillo del Busto y después de cruzar el Ebro por el puente de Frías, se introducía por este desfiladero prosiguiendo en dirección norte hasta la actual provincia de Bizkaia. En los alrededores se ha localizado un extenso yacimiento romano que defendía este estratégico paso conocido como "Las Puentes".
A la salida del estrecho pasillo rocoso encontramos los restos mal conservados de una ermita construida al abrigo de una pared tapizada por vistosas formaciones parietales que se asemejan a las concreciones carbonatadas que, a modo de coladas, se desarrollan en las cavernas.
Se continúa andando por un camino bien marcado, flanqueado por una densa vegetación compuesta principalmente por boj, encina, enebro y sabina negral (Juniperus phoenicea).
El río aparece ahora encajado profundamente en las blandas y potentes formaciones tobáceas. En algunos puntos cae en espectaculares cascadas y se remansa en pozos, con aguas cristalinas de color verdoso en los que abunda la trucha común. La toba es una roca de características especiales. en ella se observan tubos y otros restos de estructuras orgánicas, principalmente de tipo vegetal, como ramas, raíces y hojas, alrededor de las cuales se depositaba el carbonato cálcico a modo de capas concéntricas sucesivas. Los monjes eremitas de la alta Edad Media aprovecharon su escasa dureza y excavaron en ella una serie de cuevas cenobíticas, a las que se puede acceder cruzando el río.
El camino se transforma ahora en una senda bien marcada. De repente, y tras una cerrada curva a la derecha, encontramos un escarpado desfiladero al que se accede por un angosto paso, de paredes verticales. En las pequeñas oquedades erosionadas por el agua en la caliza, aparecen distintas especies de helechos entre los que destaca el culandrillo de los pozos.
El microclima de este cortado natural ha favorecido el desarrollo de un bosque mixto en el que conviven muchas y variadas especies arbóreas: hayas, tilos, tejos, arces, pinos, quejigos, avellanos, sauces, acebos , enebro y sabina negral entre otras.
Tras una pequeña subida, y todavía rodeados por los altos acantilados rocosos de la garganta -se pueden ver algunos árboles colgados en el vacío-, llegamos a una re-vuelta del camino desde donde se divisa una bonita cascada. Después de atravesar un bosque de pino albar, quejigo y boj, llegamos a una bifurcación, en la que hay que tomar el camino de la derecha. El boj es un arbusto que si encuentra condiciones favorables puede convertirse en un arbolillo de casi diez metros de altura.
Sus hojas perennes son de un color verde oscuro, brillantes y muy pequeñas; su madera, frágil, densa, dura y amarillenta, se utiliza en artesanía y trabajos de torno.
Al llegar a una frondosa chopera a la orilla del río y una vez traspasada una cerca para el ganado, el camino se abre a las amplias praderas de Ribera. Detrás queda la impresionante cerrada, que aparece como una gigantesca e infranqueable muralla.
Ribera es un pueblo abandonado perteneciente a la actual provincia de Álava. Entre las ruinas de sus casas destaca en lo alto la silueta de su iglesia, en la que aún se pueden ver unos interesantes frescos góticos.
Si efectuamos este recorrido durante el otoño es posible observar en el cielo, grandes bandadas de aves migratorias -ánsares y grullas- en su camino hacia el sur. También sobrevuelan constantemente el desfiladero distintas especies de córvidos y rapaces, entre las que destacan por su abundancia los buitres leonados.
Hay que salir de Ribera por la pista de Villafría de San Zadornil; en la primera curva dejamos ésta y vadeamos el río junto a una chopera. Continuamos ascendiendo por los prados en dirección a la torre del tendido eléctrico. Posteriormente se prosigue por el lindero del bosque, que queda a la derecha, hasta llegar a una pista bien marcada que sube hacia el collado de Santa Ana.
Si nos acercamos a la torre del tendido eléctrico situada en las proximidades, se puede contemplar hacia el sur la silueta del castillo de Frías que domina el valle de Tobalina.
Descendiendo por la senda que atraviesa una solana pedregosa cubierta por un cerrado carrascal de encina, con boj , cornicabra y aulaga, pronto llegamos de nuevo al camino que cruza el desfiladero y que cómodamente se dirige a Herrán.
Cómo llegar
Saliendo de Burgos hay que llegar a Briviesca por la N-I. En esta localidad debemos desviarnos hacia Oña y Trespaderne, desde donde es preciso continuar con dirección a Miranda de Ebro. Tras pasar por Quintana Martin Galindez se localiza fácilmente la carretera local que conduce a Promediano y Herrán.
Datos útiles
Epoca recomendable: primavera y otoño.
Dificultad: media.
Distancia y tiempo: diez kilómetros y cuatro horas.
Interés: paisaje y vegetación.
Mapa topográfico 1:50.000: nº 20-8 y 20-7.

En plena sierra burgalesa y oculto en el interior de una auténtica selva de pinos y robles se encuentra el conjunto de poblados, necrópolis y eremitorios altomedievales mas importante de la Península. Los restos arqueológicos de Revenga, La Cerca, Cueva Andrés y Cuyacabras, todos ellos lechados en el siglo X, son un hito destacado para la comprensión de la evolución histórica del reino de Castilla. Además, los paleoicnólogos han descubierto las huellas fósiles de varios dinosaurios que vivieron en la zona hace más de 150 millones de años.
Recorrido
El recorrido se inicia en la pista que parte desde la ermita de Revenga. A unos trescientos metros y dejando atrás los edificios del comunero, se localiza a mano izquierda, la primera necrópolis de la ruta.
Situada en un montículo rocoso y liso, aparecen 132 tumbas antropomorfas excavadas en la roca. En el centro de la necrópolis, rodeada por los sepulcros, se pueden ver los restos de la iglesia. Con planta rectangular y ábside rupestre, en el centro tiene una concavidad, el apodyteriun, que servia para bautizar a los fieles por inmersión.
Los arqueólogos han fechado la iglesia y la necrópolis en el siglo X, en la llamada época altomedieval, pero existen una serie de relieves desconcertantes. Tres manos izquierdas grabadas con la palma hacia abajo, una figura demoniaca, la representación de una escena fálica y una misteriosa serie de hoyos circulares comunicados por un fino reguero, que seguramente recogerían la sangre de algún sacrificio ritual.
Para rematar el misterio que rodea a estas rocas, también aparecen sobre ellas las huellas fósiles de un dinosaurio. Es difícil precisar a qué especie pertenecía este gigantesco reptil, pero lo que sí sabemos, es que se paseaba por esta zona cuando era el borde de una ciénaga, en el Jurásico, hace 150 millones de años.
La cubierta vegetal de la comarca está formada por verdaderas selvas de coníferas, entre las que destaca el pino albar. En algunas zonas, todavía perviven los restos de lo que fue la vegetación primitiva de la comarca: el bosque de robles.
Hay que continuar unos metros por la pista forestal y desviarse por el primer camino de la derecha, que asciende entre pinos y robles, en dirección al conjunto eremítico de La Cerca. Al llegar a un extenso prado, a la izquierda, observamos un destacado promontorio de roca arenisca. Tras superar la alambrada que protege el cenobio, y por un sendero casi oculto por la broza, hay que ascender hasta la base del talud.
Nos encontramos ante uno de los monasterios rupestres más importantes de la Península. Todas las grietas y agujeros naturales de la masa rocosa fueron utilizados por los monjes eremitas para construir sus habitáculos, sus lugares de culto y sus tumbas.
Destaca por su grandeza una amplia cueva, en su interior se conservan, una cruz toscamente grabada y varios de cazoletas de varios tamaños. También aparecen una serie petroglifos prehistóricos. Delante de la cueva principal se halla la iglesia. Para acceder a ella hay que utilizar una escalera tallada en la misma roca. Es de dimensiones muy reducidas y encima tiene un frondoso ejemplar de roble.
Bordeando hacia la izquierda la cornisa rocosa, rápidamente se encuentra alguna grieta por la que superar el desnivel y ascender a la cima del cenobio. Desde lo alto, podemos contemplar un magnifico panorama. Destaca entre todos los relieves, la sierra de Neila, con su pico más alto La Campiña, modelado en las duras calizas y cuarzarenitas jurásicas.
El camino continúa por todo lo alto de la cresta rocosa. Pronto se llega a un espeso melojar en donde es fácil localizar el sendero a seguir.
El roble melojo o marojo (Quercus pyrenaica) es un árbol no muy elevado, capaz de rebrotar abundantemente de raíz, por lo que a veces forma extensas manchas arbustivas. Tiene grandes hojas muy peludas y recortadas que permanecen parte del invierno marchitas sobre el árbol. En la espesura abundan los corzos y jabalíes.
Tras recorrer unos dos kilómetros por el bosque de robles, alcanzamos la llamada Senda Soriana, antigua vía romana, que sirvió en la Edad Media como cañada para los ganados de la Mesta. Actualmente la senda se ha convertido en una pista forestal que asciende al Calaverón. Hay que tomar ésta hacia la izquierda, y después de unos 400 metros -tras pasar por un manantial y a la altura de un pino quemado en la base-, descender por una vereda hacia Cueva Andrés.
Este conjunto está formado por la cueva-habitación del eremita -desgraciadamente hundida en la actualidad-, la alacena, la sepultura y un altar. En el altar hay tallado un arco de herradura y dentro de él, una cruz patada y una inscripción casi ilegible que puede decir Alfonso. Para los expertos se trata de un ejemplar antológico de eremitorio altomedieval.
Tras ascender de nuevo hasta la Senda Soriana, el camino discurre otra vez por el
espeso pinar. El piquituerto y el carbonero garrapinos son los pájaros mejor adaptados a estos pinares, cuya riqueza de avifauna es muy variada, pues depende del sotobosque y de los cuidados dispensados al bosque: cuanto mayores son éstos, menor es aquélla.
Pronto se supera el mojón que señala el kilómetro cuatro de la pista forestal. Muy cerca de éste y al llegar a unas tenadas, hay que tomar el camino de la izquierda, que tras 100 metros escasos nos acerca al poblado y a la necrópolis de Cuyacabras. Lo primero que se ve de este impresionante conjunto, es un recinto ceremonial pagano con un pequeño pozo excavado en la parte superior que era utilizado para lavar los cadáveres antes de su inhumación. Después de cruzar una zona despejada en la que seguramente estaría asentado el poblado medieval, se llega a una elevación rocosa donde están situadas la necrópolis y la iglesia. De características similares, e incluso más espectacular que la de Revenga, se contabilizan 166 tumbas y 13 nichos. En ninguna de estas necrópolis se han encontrado restos óseos.
Para finalizar el recorrido, hay que continuar por la pista forestal tomando siempre los caminos situados a la izquierda, hasta dar de nuevo con la ermita de Revenga.
Cómo llegar
Hay que partir de Burgos por la N-I. En Sarracín es preciso coger la carretera de Soria hasta Salas de los Infantes. Al llegar a esta localidad nos desviamos por la carretera local que se dirige a Quintanar de la Sierra. No se necesita entrar en Quintanar ya que hay que tomar el ramal que se acerca a Regumiel de la Sierra. Tras recorrer unos tres kilómetros, a la izquierda de la carretera se localiza la ermita de Revenga. También se accede fácilmente desde Soria.
Datos útiles
Época recomendable: todo el año.
Dificultad: ninguna.
Distancia y tiempo: 12 kilómetros y cinco horas.
Interés: arqueológico y paisajístico.
Mapa topográfico 1:50.000: nº 21-13.

Aislada del resto de la provincia, por los escarpados montes de La Peña, la profunda depresión que conforma el valle de Mena es la comarca de Castilla y León que con más claridad participa de las influencias climáticas y de la vegetación de la España húmeda o Atlántica. A pesar de estos condicionamientos geográficos que la alejan del árido y tópico paisaje castellano, en este verde valle norteño se desarrolló una parte muy importante de la historia de los orígenes de Castilla.
Recorrido
El paseo se inicia en el pueblo semiabandonado de Relloso. En este aislado lugar sólo quedan algunas personas que se dedican a la ganadería. En sus montes se encuentran los últimos sementales de la raza autóctona de caballo losino.
En la calle principal de Relloso, y a la altura de la fuente pública, hay que tomar la pista ?sus primeros 1.500 metros están asfaltados- que conduce hasta la cima de los cercanos montes de La Peña. El llamado talud de La Peña es una espectacular corrida de calizas que destaca en el paisaje, dando lugar a un "cejo" o cornisa que alcanza alturas de 1.200 metros, con desniveles de hasta 700 metros con respecto al fondo del valle de Mena.
El camino asciende lentamente hacia la Peña de La Complacera, uno de los sectores en los que se dividen estos montes. Hay que atravesar un bosque de pino albar en el que abundan las ardillas (Sciurus vulgaris). Este roedor popularizado por cuentos y dibujos, es de color rojizo y tiene el vientre blanco. Consume semillas, bayas, frutos y no desdeña algunos invertebrados. De costumbres diurnas, es posible verle si se camina despacio y en silencio, correteando por las ramas de los pinos en busca de su alimento.
De pronto, a la izquierda del camino, surge la boca de un pequeño túnel, que se abre en la alta pared rocosa. Esta curiosa obra de ingeniería, que sólo permite el paso de una caballería con su carga, servia para comunicar entre silos valles de Losa y Mena. Tras recorrer los escasos 100 metros de desarrollo que tiene el Túnel de la Complacera, el caminante quedará absorto ante el panorama que descubren sus ojos.
A sus pies, y con 700 metros de desnivel, aparece la impresionante depresión del valle de Mena. Geológicamente, este valle está ocupado por un extenso diapiro circular. El diapiro menés es una intrusión de materiales salinos antiguos, que a modo de chimenea han perforado las rocas calizas más modernas, extendiéndose por encima de ellas. La estructura diapírica del valle de Mena ha sido investigada en busca de hidrocarburos.
Para descender hay que seguir una pequeña senda tallada en el borde del precipicio. Según bajamos se va apreciando con más exactitud el carácter ecológico de este territorio septentrional, que dentro de la región bien merece el calificativo de "país del prado". También se percibe ahora, en toda su magnitud, el escarpado relieve de cresterías calizas que configuran los montes de la Peña, que cierran y aíslan totalmente el valle de Mena por el Sur.
La senda se introduce, por un bosque de roble y quejigo, salpicado por algunas manchas de boj y acebo, en donde corretean jabalíes, zorros, corzos, martas y gatos monteses.
Tras dejar atrás una bifurcación a la derecha y después de atravesar unos prados, el camino llega a Cilieza, pequeño lugar con cuatro casas. Las construcciones del valle de Mena están influenciadas por la arquitectura popular del País Vasco. La casa típica menesa es el caserío: edificación aislada, de un cierto volumen, en la que se integran la mayoría de las estancias y dependencias auxiliares de la vivienda.
Seguimos el recorrido, dejando a la izquierda la pista que lleva a Ovilla y tomando la carretera que conduce a Cóvides. Sin entrar en este pueblo, hay que desviarse a la izquierda por la pista de tierra que nos acerca a San Esteban y a Santa Maria Egipciaca, dos pequeñas agrupaciones de caseríos.
Casi todo el fondo de la depresión de Mena está cubierto por prados. Los más de
1.500 litros por metro cuadrado de precipitación anual permiten el desarrollo de frescos
y verdes pastizales, compuestos de ray-grass, fleo, dactilo y tréboles, en donde pasta una abundante cabaña vacuna.
Se sale de Santa Maria por el camino de la derecha, que comienza el ascenso al impresionante cortado de La Peña. Muy pronto llegamos a un bosque de pino insigne (Pinus radiata). Este árbol de repoblación es nativo de la bahía de Monterrey, en el sur de California. Sus acículas son delgadas y de color verde brillante, y crecen en tríos de 10 a 15 centímetros de longitud.
Continuamos nuestra ruta subiendo por el cortafuegos que divide en dos el pinar. Al final de éste, hay que coger la senda de montaña que zigzagueando por la ladera nos eleva hasta los altos cantiles rocosos que dominan el valle. El camino no tiene pérdida, ya que, incluso, se pueden seguir las marcas de orientación pintadas por los montañeros en las rocas. Tras cumbrear por el portillo del Polvero, se debe comenzar el descenso por el camino que parte hacia la derecha y que serpentea por un hermoso bosque de hayas centenarias, frecuentado por los abundantes y míticos lobos. En pocos minutos alcanzamos de nuevo Relloso.
Cómo llegar
Para acercarse al valle de Mena, situado en el extremo norte de la provincia, hay que salir de Burgos por la Nacional 1 con dirección a Irún. En Briviesca, nos desviamos por Cornudilla y Oña, hasta llegar a Trespaderne. Aquí se toma la carretera, que por Pedrosa de Tobalina y tras cruzar el valle de Losa, conduce hasta Quincoces de Yuso. Desde aquí se llega a Relloso. Desde Miranda de Ebro, Vitoria y Bilbao es fácil enlazar con Quincoces.
Datos útiles
Época recomendable: todo el año.
Dificultad: media-alta.
Distancia y tiempo: 16 kilómetros y seis horas.
Interés: paisajístico y etnográfico.
Mapa topográfico 1:50.000: nº 20-6.

El río Ebro al atravesar la provincia de Burgos configura una de sus más importantes singularidades desde el punto de vista geológico, paisajístico y humano. Su extensa cuenca hidrográfica, que con su red de afluentes drena unos 5.000 Kms cuadrados. abarca un tercio del territorio provincial. En sus 145 kilómetros de recorrido cruza por valles, hoces y cañones, las variadas tierras de las comarcas del norte burgalés.
Recorrido
Desde el mismo pueblo de Valdelateja hay que cruzar el río Rudrón por un puente de piedra y encaminarse hacia la iglesia del pueblo; detrás de la misma nace la senda que se debe seguir para adentrarse en el cañón.
En pocos minutos y siguiendo el bien marcado sendero, nos acercamos hasta la desembocadura del Rudrón en el Ebro. Es difícil describir con palabras el magnifico espectáculo que se puede contemplar desde este punto. Una vez superada la confluencia entre los dos ríos y sus respectivos cañones, la senda se interna en el cañón. Muchos millones de años le ha costado al Ebro tallar en las rocas calizas del Cretácico Superior este profundo desfiladero, con más de 200 metros de desnivel.
La parte superior está cortada a pico en las duras calizas dolomíticas del macizo de Las Loras. Prácticamente, ninguna especie arbórea o arbustiva puede arraigar en estos escarpes verticales. Por el contrario y en las cercanías del actual lecho ?aprovechando que la pendiente se hace más suave, por atravesar materiales más blandos?, crece un bosque mixto en el que encontramos distintas variedades de quercus: quejigo, carrasquilla, coscojas; mezcladas con sauces, chopos, arces y alisos. Entre la especies arbustivas destacan los enebros, majuelos, espino albar y el espino negro o endrino. En las umbrías surge solitario algún acebo.
Serpenteando por el fondo de la garganta llegamos a un rústico puente de troncos y tablas por el que hay que cruzar el río. En la otra orilla se localiza la central eléctrica de El Porvenir, en la que todavía se aprovecha la fuerza del agua para producir una limpia energía.
Con el Ebro a nuestra derecha continuamos el camino por una vereda que no se utiliza desde hace muchos años y que poco a poco está desapareciendo invadida por la broza.
Lentamente ascendemos por la vertiente del cañón. El río cada vez aparece más pequeño, pero su sonido -cómo si se tratase de una inmensa caja de resonancia- nos llega muy amplificado.
Prestando un poco de atención se pueden observar algunos ejemplares de halcón común, águilas perdiceras, cernícalos, chovas, aviones roqueros e incluso podemos sorprender el majestuoso vuelo del águila real.
Llegando a Pesquera de Ebro, el cañón se ensancha y sus escarpadas paredes se suavizan. En Pesquera es notable la arquitectura de sus casas. Destacan las casonas de los Escalada y de los Giles, construidas -como la mayoría de las casas del pueblo-, en los siglos XVI, XVII y XVIII. También es reseñable la iglesia parroquial de San Sebastián con su gran olma y su crucero.
Atravesamos el Ebro por un magnífico puente medieval y continuamos el camino por la carretera. Tras dejar a la izquierda la pista asfaltada que se introduce en el valle de Zamanzas y a unos metros del cruce -a la derecha de la carretera-, es muy fácil localizar una senda bien marcada que enfila hacia Cortiguera.
Pronto la senda se cruza con el camino de tierra que lleva a este pueblo. Cortiguera es un lugar abandonado, que en los siglos XVII y XVIII -como atestiguan sus numerosas casonas blasonadas-, gozó de una gran prosperidad. Impresiona recorrer sus calles invadidas por la vegetación y contemplar sus nobles casas desafiando el paso del tiempo.
Al final del pueblo, existe un precioso rincón con dos grandes palacios y una artística fuente en la que se puede calmar la sed.
Salimos de Cortiguera, desde su abandonada iglesia, por el camino de Valdelateja que avanza paralelo al borde superior del cañón del Ebro. En esta zona se contemplan unas impresionantes vistas de la garganta y de los meandros que forma el curso del río. En el camino, además de la vegetación que hemos encontrado en el fondo del cañón, se observan algunos ejemplares aislados de haya.
Al llegar a la primera bifurcación -marcada con una mojonera y un enebro seco-, hay que tomar el camino que parte hacia la derecha y que de una manera rápida y espectacular -descendiendo en empinados zigzag la abrupta ladera-, conduce de nuevo a Valdelateja.
Si todavía se conservan fuerzas es posible acercarse al despoblado de Siero; que aparece situado en una impresionante peña aislada por todos sus lados y elevada 200 metros sobre el nivel del valle. Destaca justo en su cima la ermita de las Santas Centola y Elena. De época altomedieval, en el santuario se aprecia una modesta ventanita culminada en el exterior con una inscripción que nos ilustra sobre la fundación de la basílica.
Cómo llegar
El pueblo de Valdelateja inicio de este recorrido, está situado a mitad de camino entre Burgos y Santander. Al pie mismo de la carretera Nacional-623. A 60 kilómetros de la ciudad castellana y a 90 de la capital de Cantabria.
Datos útiles
Epoca recomendable: todo el año.
Dificultad: media-alta.
Distancia y tiempo: 15 kilómetros y cinco horas y media.
Interés: paisaje, arte, fauna y flora.
Mapa topográfico 1: 50.000 :n0 19-8.

La peña de Carazo es un sinclinal colgado, perteneciente a la orla mesozoica que rodea la sierra de La Demanda. Importante fortaleza natural, primero fue un castro celta, posteriormente los romanos instalaron un campamento fortificado para controlar sus calzadas. En la Edad Media, Carazo entró en la leyenda y su estratégica peña, se la disputaron musulmanes y cristianos. En su cima se localiza un inalterado bosque de sabina albar, refugio de una variada fauna y de una numerosa colonia de buitres leonados.
Recorrido
El pueblo de Haedo, situado en la falda norte de la peña de Carazo, es el inicio de este recorrido a pie. Cerca de la iglesia y al llegar a sus últimas casas, hay que coger el camino que suavemente asciende hacia la montaña. En el primer cruce se toma la senda de la derecha. Esta vereda conduce hasta la vaguada -abierta por la erosión diferencial-, que divide en dos la gran peña.
A la derecha, tenemos el alto de San Carlos, en el que todavía son visibles los restos de torres y murallas pertenecientes al castillo construido en el siglo X, sobre un antiguo campamento romano. A la izquierda, queda la meseta de Sancarazo. Desde la depresión que separa estas dos estructuras rocosas, comenzamos la subida a la citada meseta. Hay que ascender aprovechando una grieta natural que se abre en la inexpugnable fortaleza. Tras superar esta pequeña dificultad, se alcanza la cara sur de la peña, en la que es fácil localizar los dos únicos pasos accesibles que nos permiten llegar a la cima.
La peña de Carazo es un gran sinclinal colgado, formado por margas y calizas del Cretácico Superior, con una altitud cercana a los 1.500 metros. En la superficie plana de la meseta de Sancarazo, que tiene cuatro kilómetros de largo por uno de ancho, se conserva un intacto sabinar.
Las condiciones climáticas que reinan en lo alto de esta meseta: fuertes calores estivales, escasez de agua, intensos fríos y heladas y veloces rachas de viento, sólo permiten el desarrollo de la sabina albar (Juniperus thurifera), especie de una asombrosa rusticidad. En Carazo crece un bosque denso, desarrollado en un suelo no muy profundo. Los árboles están espaciados, lo que permite una buena iluminación y la formación de un espeso sustrato arbustivo de aulagas, tomillos, romero y espliego. En este sabinar viven jabalíes, zorros, tejones, ginetas, gato montés, liebres y conejos. Entre las aves:
chovas, águila real, búho chico, gavilán y cernícalo; en los cortados rocosos de estas peñas anidan más de treinta parejas de buitre leonado.
Continuamos el camino por lo alto de la meseta. En un día claro, la extensión de terreno que se puede divisar desde la cima, abarca muchos cientos de kilómetros cuadrados. Hacia el norte y muy cerca aparecen las cumbres de las sierras de La Demanda, Urbión y Cebollera. Más lejos todavía se distinguen los picos nevados de la Cordillera Cantábrica. Si volvemos la vista al mediodía, veremos las peñas de Cervera, el ancho valle del Duero y cerrándonos el horizonte el Sistema Central.
Pronto se llega a un estrangulamiento de la meseta, formado por la erosión producida por el río Mataviejas. Justo debajo divisamos el pueblo de Carazo, que da nombre a toda la meseta y que etimológicamente deriva del término medieval "carectum" que significa -lugar de carrizos o juncos-. Al ensancharse de nuevo la superficie rocosa de la planicie, ésta adquiere una forma triangular. En este sector está ubicado un castro de la Primera Edad del Hierro, defendido por un amurallamiento en su zona más estrecha y accesible.
Para descender hay que situarse en el citado estrechamiento, mirando hacia el pueblo de Carazo. A la izquierda se ven dos largos conos de derrubios formados en la ladera, por los que bajamos fácilmente hasta llegar a las fuentes del río Mataviejas. Un poco más abajo, está situada la ermita de la Virgen del Sol. Esta curiosa advocación -hay que tener en cuenta que en el cristianismo, solamente se representa y se relaciona a Cristo con el Sol-, entronca este santuario con la tradición celta, en la cual el Sol es un nombre y un símbolo femenino. La explicación estaría en la pervivencia de las costumbres de los Turmogos, pueblo celtibérico que habitó estas tierras hace 2.200 años.
En seguida entramos en el pueblo de Carazo, en donde hay que tomar la carretera que va hacia Salas de los Infantes. A unos doscientos metros, nos desviamos por un camino que parte a mano izquierda y que tras rodear la falda de la peña, nos deja encima de Villanueva de Carazo.
Después de descender por unas veredas hasta la pequeña población, y sin atravesar el pueblo, hay que tomar el camino que por la izquierda, bordea sus últimas casas. Esta senda atraviesa un frondoso bosque de quejigo y de roble melojo, en el que es fácil localizar algunos árboles centenarios. Desde el camino podemos contemplar encaramados en lo alto de la peña unos cuantos ejemplares aislados de tejo, testigos vivientes de una climatología más fría que la actual. Muy pronto se divisa de nuevo el pueblo de Haedo.
Cómo llegar
En Burgos se toma la N-I con dirección a Madrid. A la altura de Sarracín hay que desviarse por la carretera de Soria, y antes de llegar a Salas de los Infantes, coger el ramal que por La Revilla conduce a Haedo. Es fácil enlazar con este recorrido desde Soria y Madrid.
Datos útiles
Época recomendable: todo el año.
Dificultad: alta
Distancia y tiempo: 14 kilómetros y cinco horas.
Interés: paisaje, fauna y flora, e histórico.
Mapa topográfico 1:50.000: nº 20-13.

Los montes Obarenes constituyen el limite meridional de la Cordillera Cantábrica. Su relieve de grandes estructuras calizas, a modo de inmensa muralla, ha ejercido desde siempre como frontera geográfica y humana. Se puede considerar al desfiladero de Pancorbo como puerta de la Meseta Norte. Por este estrecho paso han entrado y salido de Castilla, casi todos los pueblos que han hecho su historia: culturas prehistóricas, romanos, visigodos, musulmanes, repobladores y peregrinos medievales, un sin fin de gentes que, aún hoy, utilizan el desfiladero como vía de comunicación.
Recorrido
Hay que comenzar a caminar atravesando el pueblo de Pancorbo, que con su estructura longitudinal, responde al tipo de pueblo de camino. Emplazado a la entrada del desfiladero, del mismo nombre, para vigilar y defender una importante vía de paso, gozó sobre todo durante la Edad Media de una gran prosperidad. Es necesario mencionar su aljama en la que vivían un numeroso grupo de ricos comerciantes judíos.
Una vez que hemos salido del pueblo por la antigua carretera y después de pasar unas edificaciones en ruinas, encontramos un camino a la izquierda, que lentamente asciende hacia lo alto de la montaña. Pronto se deja otro camino a la izquierda y se llega a la altura del repetidor de televisión situado sobre la peña del Mazo. Desde el borde de dicha peña se divisa un espléndido panorama. Muchos metros más abajo aparece el estrecho desfiladero, con las distintas vías de comunicación que lo atraviesan -carretera, ferrocarril y autopista-, y el pueblo en el que todavía se pueden observar las ruinas de un castillo que fue romano, visigodo, musulmán y que en el siglo IX, conquistó y defendió de los mismos árabes, el primer conde de Castilla Diego Rodríguez.
Continuamos la marcha por una zona rocosa en la que sólo crecen algunos ejemplares de sabina negra (Juniperus phoenicea). De pronto, el paisaje cambia bruscamente y ante nuestros ojos se abre la Llanada de Miranda, cruzada por el río Ebro. También son distintos los materiales y las rocas del terreno y la vegetación del entorno. Al llegar a una bifurcación en una zona en la que aparecen arenas amarillo-rojizas del Cretácico, hay que tomar el camino de la izquierda. El camino separa dos tipos bien diferenciados de bosque. A un lado aparece el pino silvestre, que ha sustituido artificialmente al bosque autóctono de haya (Fagus sylvática) y a la derecha encontramos un denso bosque formado por quejigos y roble albar, mezclados con híbridos de estas dos especies.
El brusco cambio en la cubierta vegetal, se debe entre otras causas, a que las laderas orientadas al norte reciben más nítidamente las influencias climatológicas de la llamada provincia atlántica; mientras que la cara sur de los montes Obarenes -encarada hacia la Bureba- pertenece a la región mediterránea.
El camino que inicia ahora un suave descenso, sigue flanqueado por una tupida vegetación. En algunos puntos son visibles los restos del primitivo bosque caducifolio de hayas. Después de atravesar dos minas de arena llegamos a la entrada del desfiladero formado por el arroyo de la Galena. Antes de introducirnos en esta estrecha garganta rocosa, hay que dejar a la izquierda un camino.
En ese largo cañón de más de dos kilómetros, se localiza una variada comunidad vegetal. Encinas, robles, hayas, .arces, tilos, avellanos, olmos, quejigos, hiedra y boj ven favorecido su desarrollo por el microclima que reina en el interior. Distintas especies de aves viven y anidan en los escarpes rocosos. Varios ejemplares de buitre, una pareja de águila perdicera y dos de halcón peregrino. También son abundantes los cuervos y las chovas.
Justo a la salida del desfiladero, encontramos una impresionante obra de ingeniería:
el camino medieval que aprovechando una antigua calzada romana, comunicaba Encio con Frías. Hay que coger el citado camino hacia la izquierda.
Este paseo discurre durante unos tres mil metros por la bien conservada construcción en la que destacan sus contrafuertes -levantados con sillares de piedra-, que en algunos puntos superan los cinco metros de altura.
Al descender ostensiblemente de altitud se nota un cambio rotundo en el paisaje vegetal y en el acompañamiento sonoro. Entre las dominantes encinas y carrascas encontramos una gran variedad de pájaros forestales: zorzal común, pinzón, chochín y petirrojo, a los que se suman mirlo, cuco, paloma torcaz, mosquiteros, papialbo, currucas y carbonero común.
Después de sobrepasar el pueblo abandonado de Obarenes, dejamos la antigua vía por un camino que parte hacia la izquierda y que nos acerca a la pequeña aldea y a su renombrado monasterio benedictino.
Santa Maria de Obarenes, fue fundado sobre un antiguo eremitorio, que se remonta al año 867. Llegó a tener muchas posesiones y fue muy favorecido por el rey Alfonso VIII. Como muchos otros centros monásticos burgaleses, fue abandonado como consecuencia de la desamortización de Mendizabal. El visitante se encuentra con las ruinas de una iglesia gótica de finales del siglo XIII y con una bonita puerta de entrada al convento de estilo renacentista. Sus ilustres piedras sirven hoy cómo aprisco para las ovejas. Se sale de Obarenes, pueblo que da nombre a toda la cadena montañosa, por un sendero bien marcado, que conduce de nuevo al camino, por el que hemos venido desde Pancorbo. Ya sólo queda regresar de nuevo por este camino y completar la ruta.
Cómo llegar
El pueblo de Pancorbo está situado al pie de la Nacional-I, Madrid-Irún. Tanto si se viene desde La Meseta como desde Euskadi (País Vasco), hay que tomar la citada carretera. La actual vía de comunicación ha solapado en su trazado a la más famosa calzada de la Hispania romana: "De Hispania in Aquitaniam. Ab Asturica burdigalam".
Datos útiles
Época recomendable: todo el año.
Dificultad: media.
Distancia y tiempo: 16 kilómetros y cinco hora
Interés: paisaje, flora y arqueología.
Mapa topográfico 1:50.000: nº 21-8 y 2 1-9.

Peña Amaya está situada en la comarca de Las Loras, dentro de la vertiente meridional de la Cordillera Cantábrica. Constituye uno de los lugares más señalados en la arqueología y la historia del norte de la Península. Poblado de la Edad del Bronce, importante ciudad de la Cantabria prerromana, capital de uno de los ducados visigodos, baluarte de la reconquista: una historia marcada por asedios y conquistas. Ahora sus impresionantes escarpes rocosos son refugio de un gran número de aves rapaces.
Recorrido
Vista desde lejos, Peña Amaya semeja un inmenso casco de navío varado entre los trigales de la llanura. Hay que empezar a caminar por una poco afortunada pista - construida en la ladera sur de la peña-, que a modo de cicatriz lo único que facilita es la erosión del terreno. Al llegar a unas tierras de labor, se debe abandonar la citada pista, para tomar un camino que aparece a la izquierda.
Antes de comenzar la ascensión vamos a rodear la peña para tener una idea clara de su forma y situación en el paisaje. Por un cómodo camino se atraviesa la única extensión boscosa de la ruta: un pequeño bosque de encina degradada. Tras recorrer aproximadamente un kilómetro se alcanza el pueblo abandonado de Puentes de Amaya.
Después de pasear por sus solitarias calles, invadidas por la maleza, hay que seguir el sendero que, paralelo al arroyo Gallinas, se introduce en el estrecho valle que separa las loras de Peña Amaya y Albacastro.
La comarca que estamos recorriendo pertenece al tipo de relieve que los geógrafos denominan relieve inverso. Las zonas del terreno que antes formaban las depresiones quedan transformadas en elevaciones, por eso se llaman sinclinales colgados o loras, y los sectores elevados -que por poseer materiales más blandos son erosionados con más fuerza-, llamados anticlinales, quedan convertidos en los actuales valles.
En esta zona es muy posible que nos sorprenda con su vuelo majestuoso algún ejemplar de águila real. Con sus dos metros de envergadura y un peso que oscila entre tres y seis kilos, es la más grande de las águilas que viven en esta región. Se puede distinguir de los buitres -muy abundantes en estas peñas- por su vuelo, que es mucho más ágil que el de éstos; suele volar aislada y en su silueta destaca una cola mucho más larga.
La lora de Peña Amaya se eleva 400 metros sobre el nivel del camino por el que marchamos. Al llegar siguiendo el arroyo a una joven chopera, se distingue a la derecha, una vereda que asciende hasta lo alto de la peña. Con un pequeño esfuerzo alcanzamos la entrada de un antiguo poblado.
En un área de 1.200 x 200 metros, pueden reconocerse las huellas de un importante núcleo de población que abarca desde la Edad del Bronce hasta la Edad Media. El camino atraviesa unos amontonamientos de piedras que recuerdan estructuras de casas y calles antiguas.
Ante nosotros aparecen ahora los restos de varias murallas, concéntricas que servían para defender aquellos lugares donde los enriscados peñascos no parecían suficientes. Construidos durante la Edad del Hierro, estos muros tenían además la función de guardar el ganado del poblado.
Hay que continuar por una senda que bordea por la izquierda una gran mole caliza, conocida como El Castillo y que se eleva 100 metros sobre la ya de por sí agreste peña. Esta fortaleza natural fue utilizada a modo de acrópolis en las numerosas ocasiones que fue sitiada la ciudad.
Son los propios historiadores romanos, los que narran el asedio al que fue sometida la antigua ciudad cántabra de Amaya por las tropas mandadas por el mismísimo emperador Augusto.
Desaparecida la autoridad romana en estas tierras, los cántabros volvieron a vivir en un régimen de autogobierno hasta el 574 después de Cristo, año en el que el rey visigodo Leovigildo entrando en Cantabria dio muerte a sus jefes y ocupó su capital, Amaya.
No acabarían aquí las disputas por la posesión de esta estratégica ciudad, ya que en el 711, una columna musulmana bajo el mando de Tarik -ese mismo año había comenzado la invasión de la Península-, llega hasta Amaya y la ocupa. Tendrían que pasar casi 150 años para que los cristianos reconquistasen definitivamente Amaya. Así en el 860, Rodrigo, el primer conde de Castilla pobló de nuevo la ciudad. Con el tiempo perdió importancia y acabó olvidada de la Historia.
Después de rebasar el peñasco del Castillo, vemos a mano derecha, una depresión que lo separa del resto de la lora. Es preciso ascender y cruzar la peña por este paso natural. Al otro lado se divisa el pueblo de Amaya. En este punto hay que coger la estrecha senda tallada en la roca y que pegada a la base de los elevados escarpes rocosos, rodea la gran plataforma superior de la lora de Amaya.
Tras recorrer unos 1.500 metros encontramos una gran grieta natural, abierta en la pared caliza, que permite ascender con facilidad hasta la cima de la lora. En el punto más elevado (1.362 m) está situado un vértice geodésico de primer orden.
Desde aquí se puede contemplar en toda su amplitud el paisaje de esta comarca y con un poco de atención localizar las principales loras, que además de la de Amaya son:
Barriolucio, Carrascal, Tuerces, Humada, Rebolledo, Albacastro, Villela, Cuevas y La Pinza.
Podemos descender volviendo sobre nuestros pasos, o desde el mismo vértice geodésico continuar por la cresta de la lora hasta llegar a unos mojones formados por piedras, que indican la vía más apropiada para descender. En estas laderas pedregosas es sencillo descubrir las huellas de corzos y jabalíes.
Justo debajo se encuentra el único manantial de la zona. Poco a poco bajamos hasta las solitarias ruinas, únicamente vigiladas por las numerosas parejas de buitres leonados que anidan en los riscos circundantes.
Al llegar a la entrada del poblado se ve de nuevo la pista que conduce sin pérdida, hasta el comienzo del paseo.
Cómo llegar
Desde Burgos hay que salir por la carretera de León. A la altura Villanueva de Argaño se debe tomar la comarcal 627. Tras atravesar Villadiego se llega a Sotresgudo. En este pueblo localizaremos la pista asfaltada que conduce hasta Amaya. También es fácil acercarse a esta región desde Palencia y Valladolid.
Datos útiles
Época recomendable: todo el año.
Dificultad: media.
Distancia y tiempo: diez kilómetros y cuatro horas y media.
Interés: paisaje, fauna y arqueología.
Mapa topográfico 1: 50.000: n0 18-9.

El mismo nombre de Cernégula tiene resonancias misteriosas y mágicas. La tradición oral e incluso algunos documentos narran que en las orillas de su laguna y junto a un espino, se reunían las brujas cántabras y asturianas -desplazadas cientos de kilómetros volando sobre sus escobas-, para celebrar sus ritos y aquelarres. Desde el punto de vista geográfico la zona está ubicada en el limite de los páramos de Masa y Sedano. En este desolado paisaje destacan unas pequeñas lagunas de origen kárstico -Pila Vieja, Venta Parra y Cernégula-, que configuran una de las pocas unidades lacustres de Burgos.
Recorrido
Después de atravesar el pequeño pueblo de Cernégula, a unos doscientos metros se encuentra la famosa y misteriosa laguna. Aunque cueste creerlo, en las orillas de este pequeño lago se reunían a celebrar sus danzas y ritos diabólicos las brujas montañesas y asturianas.
Según cuentan la tradición oral y el folclore, las brujas de estas regiones después de untarse el cuerpo con un ungüento a base de cicuta, solano, mandrágora, adormidera, ruda y beleño, y de gritar: "Sin Dios y sin Santa Maria, ?Por la chimenea arriba!"; se echaban a volar sobre sus escobas para juntarse todas ellas en el aquelarre de la laguna de Cernégula.
En los aquelarres -palabra que en vasco significa "llano del cabrón"- se reunían las brujas presididas por Satán, Belfegor o Astaroth. Consumían pócimas y bebedizos alucinógenos, se untaban con pomadas mágicas, danzaban hasta el paroxismo y llevaban a cabo actos lascivos y alocados hasta que cantaba el gallo. Todos estos datos pueden parecer fantásticos pero están extraídos de las declaraciones que en 1610 presentaron ante los tribunales del Santo Oficio varias brujas convictas y confesas.
Dejamos la misteriosa laguna y el espino alrededor del cual danzaban las brujas y continuamos el camino bordeándola por la derecha. A unos cincuenta metros hay que tomar el primer sendero a la derecha que asciende suavemente hacia los páramos. El paisaje en esta zona corresponde a la unidad morfológica conocida por los geógrafos como parameras de La Lora. Estas largas y anchas estructuras, erosionadas a nivel de las calizas del Cretácico, apenas tienen suelo donde pueda arraigar la vegetación. Por ello el paisaje presenta un aspecto desolado, con grandes extensiones cubiertas de brezo rubio y brecina (Erica Terminales), esta última de flor morada. También es notable la casi total ausencia de arbolado reducido a pequeños arbustos de enebro y boj.
No obstante en estas superficies llanas, frías, desoladas, y casi siempre azotadas por el viento, hay algunos puntos muy localizados, generalmente de origen kárstico -dolinas y valles secos-, en los que por lo menos superficialmente ha desaparecido la capa de calizas y donde se refugia una agricultura especializada en el cultivo de la patata de siembra.
Tras pasar por debajo de un tendido de alta tensión y al llegar a un cruce de caminos nos desviamos por el de la derecha. Después de atravesar un bosquete de carrasca (Quercus ilex), hay que cruzar la carretera de Poza de la Sal a Masa.
Al otro lado de la carretera, es fácil localizar el camino que conduce hacia la laguna de Pila Vieja. Las tres lagunas del recorrido tienen un mismo origen. Las calizas que forman el páramo de Sedano están fuertemente karstificadas y bajo su superficie se extienden unos grandes acuíferos. En algunos puntos y debido a procesos de disolución de los carbonatos, el suelo se ha hundido y han aflorado las aguas subterráneas, dando lugar a estas peculiares lagunas.
En las lagunas, la vegetación tiende a distribuirse en orlas concéntricas, en tomo al centro del agua. Tal distribución responde al gradiente de humedad del biotopo, gradiente que explica la variación del nivel del agua debida a la pluviometría, evaporación y a las reservas del acuífero subterráneo. En las zonas siempre inundadas aparece el Polygonum amphibium, cuyas espigas de flores rosas sobresalen del agua. Después existe un cinturón casi continuo, hasta el borde del agua, de junco de laguna, entre el que se intercalan zonas dominadas por cañizos y aneas o espadañas.
El límite entre la superficie de tipo lagunar y los campos circundantes lo señala una estrecha banda exterior de juncos que encierran manchas de pastizal semipalustre.
Tras dejar atrás los corrales de Pozo Rubio -antiguo despoblado medieval-, continuamos el camino dejando la laguna de Pila Vieja a la derecha y volviendo de nuevo hacia la carretera. Como a unos cuatrocientos metros se localiza otra laguna, la de Venta Parra, un poco mayor que la anterior y que presenta sus mismas características.
En sus aguas viven peces -carpas y barbos-, introducidos por el hombre y en primavera y verano son numerosísimas las ruidosas ranas y las inofensivas culebras de agua. También es posible encontrar algún esquivo galápago. Algunas aves y en especial la cigüeña común (Ciconia ciconia), se alimentan de esta rica población de anfibios y reptiles.
Cruzamos la cercana carretera y después de recorrer doscientos metros por unos pastizales en dirección a la linde de un tupido bosque de carrascas, es sencillo localizar el camino por el que continuar la marcha. El sendero bordea el bosquete en el que abunda el jabalí y en el que también son frecuentes liebres, conejos, zorros y tejones. Dejamos a la izquierda un camino y tras pasar de nuevo por debajo del tendido eléctrico se llega a una nueva bifurcación. En este punto hemos de coger el segundo camino a la izquierda que discurre entre tierras de labor.
Se pueden observar trigueros de canto monótono, encaramados en los setos de las lindes, así como escribanos, collalba gris, y alguna abubilla, muy abundante en primavera y verano. Entre las aves que habitan los páramos destacan las escasas alondras de Dupond.
Enseguida aparece el pueblo de Cernégula y su laguna, que últimamente ha perdido su configuración natural al haber sido rodeada por un muro de cemento.
Cómo llegar
El pueblo de Cernégula está situado a 40 kilómetros de Burgos. Para llegar hasta él hay que salir de la ciudad por la carretera de Santander N-623. A la altura de Sotopalacios es preciso desviarse por la comarcal 629. Rápidamente se llega al pueblo de Cernégula situado junto a su misteriosa laguna. Desde Bilbao y Villarcayo hay seguir la citada comarcal en sentido inverso.
Datos útiles
Época recomendable: todo el año, menos en verano.
Dificultad: ninguna.
Distancia y tiempo: siete kilómetros y dos horas y media.
Interés: mágico y geológico.
Mapa topográfico 1:50.000 :n0 19-9.

Casi todos los pueblos y culturas que han habitado la península Ibérica dejaron su huella en las tierras de Lara. Los primeros fueron los cazadores paleolíticos, que debido al intenso frío del último periodo glaciar se refugiaron en cuevas, como la cercana de la Aceña de Lara. Después llegarían los pueblos neolíticos con sus monumentos funerarios ?los dólmenes?; los celtíberos, los romanos, los visigodos, las gentes de AI-Andalus y también, claro está, los repobladores cristianos, que a través de sus leyendas dieron a esta región fama universal. Además de la importancia histórica y arqueológica, Lara tiene un gran interés desde el punto de vista de su fauna, flora y paisaje.
Recorrido
La ruta comienza en el camino que parte de la carretera de Mambrillas a Campolara. Este sendero era utilizado para llegar a un antiguo molino harinero. A la derecha tenemos el arroyo de San Juan, que vierte sus aguas en el cercano río Arlanza.
Antes de alcanzar el molino, hay que atravesar un singular bosque de sabina albar. La sabina es un árbol que se adapta perfectamente a los suelos duros y secos de la zona, posee un tronco grueso con una copa densa y ramificada y sus hojas perennes y escamosas son de color verde oscuro. Estos árboles son una reliquia del pasado y sus bosques sólo se encuentran en algunas zonas calizas del sur de Burgos y en la vecina provincia de Soria.
Al llegar al molino, se toma la senda que corre paralela a su azud y que, internándose por un desfiladero en el que la naturaleza se conserva como hace miles de años, nos acerca hasta la presa del cauce molinar. Tras cruzar ésta hay que coger el sendero que otra vez discurre paralelo al arroyo de San Juan, situado ahora a nuestra izquierda.
Si se presta un poco de atención, podemos encontrar dispersos por el terreno, algunos restos fósiles de moluscos -conchas e improntas-, pertenecientes al Cretácico, con más de cien millones de años de antigüedad.
La fauna de Lara es muy rica y variada. Además de los mamíferos entre los que destacan, tejones, ginetas, corzos y jabalíes, abundan los buitres leonados, los alimoches y las águilas real y perdicera.
A la altura de una pequeña cascada que forma el arroyo, es fácil localizar a la derecha un camino bien marcado que enfila hacia el pueblo de Lara de los Infantes. Ante nosotros se alza el Picón de Lara, con las ruinas de su castillo en lo alto. Después de recorrer unos 500 metros, llegamos a una pequeña pista asfaltada, que pronto hay que abandonar para retomar el antiguo camino de Lara.
El origen de esta localidad se puede remontar a la época prerromana, cuando un grupo de turmódigos -uno de los pueblos celtibéricos que habitaban el norte de la meseta-, descendió desde los castros cercanos para asentarse en el llano.
También los romanos vivieron en Lara e hicieron de ella un importante hito en las vías de comunicación que unían la importante ciudad de Clunia con el norte de la Península. En muchas de las casas de Lara, aparecen -utilizados como materiales de construcción-, estelas, lápidas, columnas y capiteles de época romana.
Según los arqueólogos, Lara es la ciudad que mayor documentación de carácter epigráfico ha proporcionado en la meseta y una de las mayores de la Península. Cerca de 200 estelas funerarias con representaciones y escenas muy variadas, entre las que destacan las de oficios, caza y mitología.
Antes de salir de Lara de los Infantes, podemos admirar su iglesia románica, con su ábside y su portada de la primera mitad des siglo XII y en la que se denotan claras influencias silenses.
Para ascender al Picón de Lara, hay que llegar hasta el depósito de aguas del pueblo y continuar la subida, por alguna de las numerosas sendas, que llevan hacia las ruinas del castillo de los condes de Lara. Fundado por Gonzalo -padre de Fernán González- y Finderico, a comienzos del siglo X, sus escasos restos no reflejan la importancia que tuvo durante toda la alta Edad Media.
Capital de un amplio alfoz, sus limites se extendían por una buena parte de Castilla. Sus condes trataban de tú a tú, a los reyes de la época y las hazañas de sus habitantes inspiraron, la famosa leyenda de los Siete Infantes de Lara, y el no menos conocido Poema de Fernán González.
Desde el Picón se puede acceder fácilmente al poblado celtibérico, situado en el término de la Muela, del que aún se conservan los restos de una muralla.
Con un pequeño esfuerzo y un poco de atención ascendemos hasta el castro de Peñalara, un auténtico castillo natural, perteneciente a la primera Edad del Hierro y entre cuyos restos destaca un fondo de cabaña circular de grandes dimensiones.
Desde arriba del castro puede contemplarse un espléndido panorama, en el que destacan las altas cumbres de la sierra de La Demanda, rodeadas por extensas formaciones rocosas de tipo subalpino, entre todas sobresale la peña de Carazo.
En su descenso el camino nos lleva directamente al pie de lo que en nuestros días se conoce como la Ermita de Quintanilla de las Viñas y que no es más que la cabecera de la Basílica de Santa María, levantada en el siglo VII, por algún noble visigodo. Entre sus restos se conservan unos relieves de gran calidad.
Tras admirar esta joya del arte hispánico hay que acercarse hasta el pueblo de Quintanilla de las Viñas, siguiendo una pista asfaltada.. Para volver al punto de partida se debe tomar el camino que lleva al molino de Quintanilla. Este camino parte de las inmediaciones de la iglesia parroquial del pueblo.
Una vez en el molino, nos encontramos de nuevo con el arroyo de San Juan. Desde este lugar, ya sólo queda descender su curso, para llegar al inicio del recorrido.
Cómo llegar
Situada a 40 kilómetros de Burgos, la zona de Lara, tiene un fácil acceso desde la capital. Hay que tomar la N-I con dirección a Madrid, hasta el cruce con la carretera de Soria, en Sarracín. Por ésta última continuamos hasta el pueblo de Mambrillas de Lara, donde se debe coger la desviación hacia Campolara.
A unos dos kilómetros y después de atravesar una zona de curvas, se localiza el inicio del recorrido a pie: un camino bien marcado que nace a la izquierda de la carretera, unos metros antes de un pequeño puente.
Datos útiles
Epoca recomendable: primavera y otoño.
Dificultad: media.
Distancia y tiempo: nueve kilómetros y cuatro horas.
Interés: historia, arte, rapaces y paisaje.
Mapa topográfico 1:50.000: n0 20-12.

La Sierra de Neila es conocida sobre todo por su famosa laguna Negra -pequeño lago de origen glaciar-, pero su extenso territorio reúne otros puntos de interés paisajístico y geológico. El valle del río Frío y el angosto desfiladero de las Cerradas, formado por el río Neila, poseen una gran riqueza y variedad de fauna y flora. Su elevada altitud, orografía y orientación, la convierten en la zona más húmeda de la provincia de Burgos. En el límite de las provincias de Soria y La Rioja, su paisaje, siempre verde y fresco, presenta todas las características y atractivos de una región de alta montaña.
Recorrido
Este paseo se inicia en el mismo Neila y más concretamente en su barrio de San Miguel. Aún se puede percibir en sus centenarias casonas y en los restos románicos de sus iglesias la importancia que tuvo este pueblo durante muchos siglos. Neila fue un rico centro ganadero ?llegó a tener cerca de 40.000 cabezas de ganado ovino?, controlado por La Mesta. Todavía viven algunos de los lugareños que todos los años bajaban con sus ovejas hasta Extremadura, realizando el rito secular de la trashumancia.
Se sale del pueblo por la pista forestal que lleva a Villavelayo y que discurre paralela al río Neila. Tras cruzar el arroyo del Prado del Valle, se ven los restos de un pequeño puente que seguramente tiene un origen romano, ya que por aquí pasaba la vía que enlazaba Neila con la calzada romana -Tritium Magallum-Uxama-. Tras seguir la pista y, antes de cruzar un nuevo arroyo, el de Riajuara o de la Pauleja, dejamos un camino que sale a la derecha. A unos cien metros y sin atravesar el río Neila, hay que tomar la pista que, partiendo a la derecha, nos va a llevar hasta el valle del río Frío.
Etimológicamente, la palabra "neila" es un término indígena romanizado que viene a significar "corriente de agua". El camino asciende lentamente hasta el collado de río Frío. En esta zona. el paisaje vegetal está formado por pastizales de montaña salpicados por brezos y por tupidas formaciones de escobas o de retama negra (Cystius scoparius ). Este arbusto, profusamente ramificado, que puede alcanzar la altura de un hombre, tiene ramas flexibles y angulosas. Sus flores amarillas son utilizadas para obtener varios alcaloides aplicados en medicina. El nombre científico y popular de este vegetal hace referencia a su empleo para fabricación de escobas.
La pista culmina en un pequeño altotero, desde el que se domina en todo se esplendor la sierra de Neila. Estas elevadas montañas, de más de 2.000 metros, pertenecen al conjunto de la Cordillera Ibérica. Entre sus materiales se encuentran las rocas del periodo Cámbrico, datadas hace 570 millones de años, y que son unas de las más antiguas de la península Ibérica. Su relieve ha sido modelado en tres fases orogénicas distintas y durante los dos últimos millones de años ha sufrido la erosión de las glaciaciones cuaternarias, cuyos restos aún se pueden observar en los distintos circos, morrenas y lagunas.
El camino desciende hacia el profundo valle que el río Frío ha excavado en las pizarras y areniscas del Paleozoico. Enseguida se alcanza la orilla del río, que baja impetuoso desde su cercano nacimiento en las lagunas de origen glaciar de la Oruga y Muñalba.
La cubierta vegetal está ahora constituida por un inmenso bosque de pino albar (Pinus sylvestris), un árbol perfectamente adaptado a las condiciones ambientales -altitud y humedad-, y edafológicas de la zona. En estas auténticas selvas viven muchos mamíferos salvajes, entre los que destaca el lobo, que suele criar en lo más recóndito del bosque, y son abundantes corzos, ciervos y jabalíes.
Tanmbién son frecuentes en estos montes tejones, comadrejas, turones, ardillas, gato montés, garduña y erizo. Entre las aves podemos destacar algunas rapaces como el águila culebrera, el cernícalo, la lechuza y el búho chico. En los últimos años han invernado en esta sierra varias parejas de garza real.
Una vez junto al río, se puede ascender éste hasta sus fuentes, que distan unos seis kilómetros y que están enclavadas en un paisaje que nada tiene que envidiar a los conocidos y famosos valles alpinos y pirenaicos . Nosotros vamos a seguir el río en su descenso. Para poder encontrar el camino adecuado, hay que volver sobre nuestros pasos unos 200 metros, hasta encontrar un pino aislado a la derecha del camino. Desde este árbol parte una senda que desciende hasta unas antiguas tenadas o tirraus, situadas a la orilla del río.
Entre los pinos es frecuente ver algunos ejemplares aislados de tejo, acebo, haya y serbal de los cazadores. En primavera la sierra de Neila se conviene en un auténtico
muestrario de flores de montaña, que salpican los pastizales formados por brezos, árgomas, brecina, helecho y escobas.
Seguimos el recorrido por la senda que discurre paralela al curso del río. En sus frías aguas se puede contemplar en los meses de diciembre y enero, el magnífico espectáculo de la freza de las truchas, También es posible encontrar en sus orillas las huellas de alguna nutria (Lutra lutra). Este mustélido, de unos diez kilos de peso y que se alimenta de todo tipo de peces y de lombrices e insectos, es muy difícil de ver por sus costumbres nocturnas y por su cada día más alarmante escasez.
El sendero después de atravesar un espeso retamal, asciende hacia un collado que domina el campo Espirgo, donde desemboca el río Frío en el Neila. Desde este alto se puede observar perfectamente el desfiladero de las Cerradas. En esta cluse tallada por el río en las pizarras arenosas de un anticlinal, la erosión ha configurado un relieve caprichoso, salpicado en épocas de deshielo por varias cascadas.
Desde lo alto del collado descendemos hacia el río Neila por una vereda bien trazada que hay que tomar muy cerca de un árbol solitario. Tras cruzar el río por un puente de piedra, se debe ascender entre un bosque de robles (Quercus pyrenaica ), hasta la pista que, tomada hacia la derecha, conduce hacia las Cerradas. Después de contemplar la estrecha garganta, regresamos sobre nuestros pasos de nuevo al pueblo de Neila.
Cómo llegar
La zona de Neila está situada a caballo de las provincias de Soria, Burgos y La Rioja. Para llegar desde la capital burgalesa hay que tomar la carretera de Soria hasta Salas de los Infantes. Allí se coge la desviación a Quintanar de la Sierra y Neila.
Datos útiles
Epoca recomendable: primavera, verano y otoño.
Dificultad: Media.
Distancia y tiempo: 12 kilómetros y cuatro horas y media.
Interés: geología, fauna y flora.
Mapa topográfico 1: 50.000: n0 2 1-12.

Las peñas de Cervera forman parte del sistema de alineaciones periféricas de la sierra de La Demanda. Sus materiales principales pertenecen al Cretácico, fundamentalmente calizas masivas. Sobre estas rocas se ha modelado un tipo de relieve, bien dibujado, en el que destacan algunas crestas calizas. La mayor parte de los ríos y arroyos de la región han excavado profundos desfiladeros. Entre todos sobresale la famosa y espectacular garganta de La Yecla. En toda la zona son muy abundantes los restos arqueológicos.
Recorrido
El camino que nace a la izquierda del moderno puente sobre el río Mataviejas, es el punto de referencia para iniciar el recorrido. Pronto se llega a otro puente más antiguo, de fábrica romana, muy deteriorado y que sólo conserva el arranque del arco del vano. El resto de la estructura ha sido sustituida por varios troncos de sabina.
Tras cruzar el río nos encontramos al pie de la ermita de Santa Cecilia, uno de los pocos vestigios de la arquitectura mozárabe que se conservan en Burgos. En el siglo XII añadieron, a su primitiva fábrica, una pequeña galería porticada.
Justo enfrente de la ermita nace la pista asfaltada que conduce a Barriosuso. Después de atravesar un pequeño desfiladero, en donde brotan varias fuentes, alcanzamos un solitario pueblo ?en el que apenas quedan tres familias?, rodeado por un impresionante circo de crestas calizas entre las que destaca el pico Valdosa (1.412 m).
En la construcción de las casas del pueblo, se funden varios de los elementos característicos de la arquitectura popular de la comarca de Lerma y del modelo tradicional de la casa serrana burgalesa. Muchas de las casas constan de un entramado de madera y adobe, sustentado en un basamento de piedra. Como elemento serrano destacan las chimeneas de campana encestadas.
Hay que salir de Barriosuso por las antiguas eras. Pronto se distingue una senda que asciende paralela al lindero de un bosque de roble melojo (Quercus pyrenaica). En los alrededores destacan unas profundas hendiduras producidas por la erosión sobre los materiales albienses, más blandos, blancos y arenosos.
Tras una pequeña pero cansada ascensión, alcanzamos el borde de los altos que dominan Barriosuso. Desde aquí las perspectivas de la zona son inmejorables, al fondo divisamos la sierra de las Mamblas -con su característico relieve con forma de mama-, y la importante mesa de Carazo con sus cerca de 1.500 metros de altitud.
A la espalda, y al lado de una tenada en ruinas, se localiza el camino bien marcado, que bordeando la ladera conduce a la cueva de San García. A la izquierda del sendero perdura el testimonio de una nefasta política forestal: la repoblación con especies ajenas -en este caso pino silvestre-, de amplias zonas de nuestra geografía. El pino ha veni
do a sustituir artificialmente los bosques autóctonos de sabina albar, perfectamente adaptados a las condiciones climáticas y edafológicas de la zona.
Al llegar a la primera bifurcación, hay que tomar la senda de la izquierda. Como a cien metros y mirando con atención, se localiza a la derecha, y sobre un cortado del terreno, la entrada a una pequeña cueva. Esta cavidad de apenas unos centenares de metros guarda en su interior una serie de grabados, con representaciones esquemáticas: antropomórficas y de équidos. También y justo en la entrada se pueden observar varios grabados con espigas, retículas y bandas. Todas estas muestras de arte rupestre hay que englobarías en un periodo esquemático postpaleolítico. La cueva y sus grabados merecen un gran cuidado y respeto.
Volvemos sobre nuestros pasos, para continuar la marcha por el camino -sembrado con multitud de fósiles-, que bordea la inmensa masa caliza de las Lomas de Cervera.
Ahora los pillos de repoblación quedan a la derecha. En las zonas en las que todavía perdura el bosque autóctono, resaltan los ejemplares de sabina albar, acompañadas por algún enebro común y por una gran variedad de plantas arbustivas: romero, tomillo, espliego, aliaga y jara.
En las Peñas de Cervera -llamadas así por la abundancias de ciervos que vivieron aquí en otras épocas-, aún encuentran refugio algunos mamíferos como el jabalí, el zorro, la gineta y la liebre. Aunque el paisaje es impresionante, no hay que distraerse, ya que pronto se llega a la altura de Hinojar de Cervera. Por la derecha es fácil localizar una senda que desciende rápidamente hasta el pequeño pueblo.
Tras recorrer sus solitarias calles y justo donde comienza el ramal asfaltado de la carretera, se debe tomar el camino de la izquierda, que entre frondosos ejemplares de roble carrasqueño (Quercus faginea), nos acerca al desfiladero de La Yecla.
Este famoso paraje es una profunda y estrecha garganta formada por el arroyo del Cauce -afluente del Mataviejas-, que durante millones de años ha erosionado un espeso banco de calizas. En 1934 se construyeron una serie de puentes y pasarelas, que permiten recorrer el desfiladero en un paseo inolvidable.
En lo alto de La Yecla ha aparecido un castro, que estuvo habitado desde la primera Edad del Hierro hasta la época tardorromana y visigoda.
Las aves son las protagonistas de la fauna del estrecho cañón; varias decenas de parejas de buitres leonados, junto con halcones, cernícalos, chovas y aviones roqueros, constituyen uno de los atractivos de la zona.
Una vez superada La Yecla, se toma una carretera que después de atravesar varios túneles se encamina hacia Santo Domingo de Silos. Antes de llegar al primer puente sobre el Mataviejas, deberemos coger el camino que paralelo al río se dirige al punto de partida.
Cómo llegar
Desde Burgos o Madrid hay que acercarse hasta Lerma siguiendo la N-I. En esta villa es preciso desviarse por la carretera local que conduce a Santibáñez del Val. En medio del pueblo hay que tomar la pista asfaltada que se dirige a la ermita de Santa Cecilia.
Datos útiles
Época recomendable: todo el año.
Dificultad: media.
Distancia y tiempo: 13 kilómetros y cuatro horas.
Interés: Paisaje y arqueología.
Mapa topográfico 1:50.000: nº 20-13.

Los yacimientos de fósiles humanos "preneardentalenses" aparecidos en la sierra de Atapuerca se encuentran entre los cinco más importantes del mundo. Además, en esta sierra fuertemente karstificada se han inventariado treinta y siete cuevas y cavidades. En algunas de ellas -Cueva Mayor, Cueva del Silo y Galería del Sílex-, se han encontrado distintos yacimientos arqueológicos y tres santuarios de arte rupestre. En sus inmediaciones se localizan, ocultas entre las encinas, varias construcciones megalíticas, y aún son visibles los restos del antiguo Camino de Santiago.
Recorrido
Este paseo se inicia junto a la última casa del pueblo de Atapuerca, a la izquierda de la carretera que se dirige a Burgos. La pista por la que discurren nuestros pasos es el camino medieval más famoso de Europa: el Camino de Santiago. Los peregrinos jacobeos atravesaban presurosos la sierra de Atapuerca, deseando llegar al final de su etapa en la ciudad de Burgos.
Nosotros continuamos la ascensión sin desviarnos y siguiendo las flechas amarillas que marcan el camino francés. Tras atravesar una antigua cantera y al llegar a unos prados conocidos con el misterioso nombre de "Campo de las Brujas", hay que dejar el Camino de Santiago a la derecha y continuar la marcha por el sendero de la izquierda.
La sierra de Atapuerca -que es un pequeño anticlinal-, está formada principalmente por calizas del Cretácico. Su estructura, alargada y de suave elevación, destaca nítidamente del relieve que la circunda. Su cubierta vegetal está compuesta por tupidos bosquetes de carrascas (Quercus ilex). Este árbol o arbusto es también llamado encina, ya que es difícil de diferenciar de ésta. Es de copa muy ancha y redondeada, de follaje denso y verdegris oscuro. Crece muy despacio y puede vivir más de quinientos años. Su madera ha sido muy utilizada como combustible y sus bellotas son las más dulces y aprovechables de todas las especies de quercus.
Entre las carrascas se esconde algún quejigo y en los suelos pedregosos resultan característicos el romero, junto con espliego, tomillo, salvia y aulaga. En este espeso monte se refugian un gran número de pequeñas aves y mamíferos que son objeto de caza por águilas, ratoneros, gavilanes y halcones.
Después de andar unos 100 metros llegamos a una bifurcación en la que se debe tomar el sendero de la derecha. Hay que continuar la ascensión sin desviarse, hasta llegar a una pista de tierra que cogemos a la izquierda. Tras recorrer aproximadamente un kilómetro, dejando atrás una desviación a la derecha, y al llegar a un nuevo cruce de caminos, hay que tomar otra vez el de la derecha.
En los pastizales que se abren entre las carrascas, es frecuente observar el terreno totalmente removido. Estas excavaciones se deben al jabalí (Sus scrofa) que con su jeta hoza la tierra en busca de raíces y pequeños animales. Este pariente del cerdo doméstico ha sido y es muy abundante en la sierra de Atapuerca, que debe su nombre precisamente a la puerca o hembra del jabalí.
Seguimos la marcha por el camino que desciende la vertiente sur de la sierra y que se asoma al valle del Arlanzón. Como a unos 1.200 metros se localiza una nueva bifurcación, en la que se debe coger el camino de la izquierda, que en seguida, y tras dejar de nuevo a la izquierda una senda que lleva a una antigua cantera, nos conduce hasta la trinchera del ferrocarril minero.
Este desmantelado trayecto ferroviario fue construido a finales del siglo XIX por una compañía inglesa. Su recorrido llegaba desde Villafría hasta Monterrubio, en La Demanda, y su finalidad era la de transportar los minerales -cobre, hierro y carbón-, extraídos de la sierra burgalesa. Su rendimiento no fue el esperado y apenas funcionó unos años.
Para atravesar la sierra de Atapuerca, los ingenieros abrieron una profunda trinchera dejando al descubierto una importante serie de depósitos kársticos, que encierran una singular y diversa información sobre el relieve y la ocupación humana de esta zona, durante el Pleistoceno Medio. En la trinchera se pueden ver los restos de varios frentes de cantera y la entrada a diversas cuevas del complejo de Atapuerca.
Una vez atravesadas las dos trincheras del ferrocarril, continuamos nuestro camino por la desmantelada caja del tren. Al llegar al camino que comunicaba Ibeas de Juarros y Atapuerca, y que cruza por debajo la antigua vía, abandonamos ésta y nos dirigimos hacia la izquierda. A 200 metros hay que desviarse otra vez a la izquierda y tras una pronunciada subida es fácil localizar la entrada de Cueva Mayor. Un gran portalón - debidamente protegido con rejas y puertas-. da acceso a las cavidades de Cueva Mayor, Cueva del Silo y Galería del Sílex. Estas encierran dos yacimientos arqueológicos, tres santuarios de arte rupestre y un importantísimo depósito de fósiles humanos.
Son notables el santuario profundo de la Galería del Sílex con grabados antropomórficos y de animales, en relación con una serie de enterramientos y estructuras del bronce final, y la cabeza de un caballo u oso pintada en rojo con trazos paleolíticos. El yacimiento paleoantropológico de la Sima de los Huesos, descubierto en 1976, es uno de los más singulares del mundo. Desde la aparición de la primera mandíbula en un revoltijo de huesos de oso, hasta nuestros días, el número de fósiles de homínidos ha crecido espectacularmente.
Estos importantes hallazgos han permitido a los especialistas avanzar en el estudio de la evolución global de la humanidad. Los análisis de la fauna y flora, encontrados en los yacimientos, y la datación por radiometría de uranio y resonancia de electrones de los sedimentos, han permitido fechar estos fósiles de "sapiens a?taicos" en el Pleistoceno medio, hace aproximadamente 300.000 años.
Estos antepasados nuestros vivían en un ambiente estepario con existencia de algu?nas zonas boscosas y su principal fuente de alimentación eran las crías -más fáciles de capturar-, de caballos, ciervos y bisontes. Manejaban distintos utensilios tallados en sílex y cuarcita de los que se servían para cazar y defenderse de los depredadores que convivían con ellos: osos, leones, lobos, linces, hienas y zorros.
Volvemos de nuevo al camino, que tras cumbrear la sierra nos conduce en un suave descenso hasta el mismo pueblo de Atapuerca.
En las inmediaciones de esta localidad se localizan un dolmen y un menhir. Estas
construcciones megalíticas poseen un fuerte simbolismo; mientras el dolmen se considera como una representación de la Gran Madre, el menhir es de evidente filiación masculina. Este último fue reutilizado en la Edad Media como hito conmemorativo de la famosa batalla de Atapuerca, que en el año 1054 enfrentó en estos campos a navarros y castellanos.
Cómo llegar
Para llegar a la sierra de Atapuerca, situada a unos 20 kilómetros al este de la ciudad, hay que salir de Burgos por la N-I en dirección a Irún. Muy pronto nos desviamos por la carretera que va a Barrios de Colina. Tras recorrer un kilómetro escaso, se debe tomar la pista asfaltada que conduce hasta el pueblo de Atapuerca. Desde Vitoria y Miranda de Ebro hay que utilizar también la N-1.
Datos útiles
Época recomendable: todo el año.
Dificultad: ninguna.
Distancia y tiempo: nueve kilómetros y cuatro horas y media
Interés: arqueología, paleontología y modelo de relieve kárstico.
Mapa topográfico 1:50.000: nº 20-10.

El Butrón está situado en la zona de transición, entre las parameras de la Lora y las Montañas de Burgos. Rodeada por desolados y desérticos páramos, sorprende el espléndido desarrollo que alcanzan los bosques caducifolios en esta comarca. Entre todos destaca el extenso hayedo, que tapiza las laderas del anticlinal u Hoya de Huidobro. También resalta la gran densidad de restos megalíticos que se han hallado en estas tierras del noroeste burgalés.
Recorrido
El origen etimológico de Villaescusa de Butrón hace referencia a una villa escondida "villa ascunsa"-, y refleja con exactitud la realidad del enclave geográfico de este pueblo casi abandonado. Comienza el paseo por lo que fuera su calle principal. Esta vieja rúa, en la que todavía quedan en pie varias casonas de los siglos XVII y XVIII, nace al lado de un viejo pilón. Estas casas están ennoblecidas con grandes escudos, y sus puertas y ventanas están decoradas, por arcos de medio punto, recercas y molduras.
En Villaescusa también encontramos un interesante conjunto de arquitectura de tipo tradicional, en la que es un elemento básico la solana o balcón corrido . El deterioro y abandono de este interesante núcleo rural es patente sobre todo en la ruina de su iglesia románica. Bello ejemplo de finales del siglo XII, su estado actual de conservación es deplorable.
Al salir del pueblo, hay que continuar recto, siguiendo el curso de un pequeño arroyo que conduce al camino principal que comunica Villaescusa con Huidobro. Tomamos éste hacia la derecha y bordeamos un bosquecillo de hayas. Tras una curva y al comenzar una pequeña subida, dejamos el camino, para desviarnos por la primera senda que aparece a la izquierda.
Este sendero, que nace junto a unos añosos ejemplares de haya y roble melojo, nos va a introducir en la profunda hoya de Huidobro y en su magnífico hayedo. El anticlinal de Huidobro es una estructura circular. en la que afloran una serie de materiales mesozoicos. Las arenas, arcillas, conglomerados y areniscas del Cretácíco interior están rodeadas por los crestones calizos del Turonense. Esta configuración del paisaje da a la hoya un aspecto de circo totalmente aislado del exterior. Este carácter, las condiciones climáticas -más de 900 litros por metro cuadrado de precipitación media-, la composición del suelo, la orientación y la altitud, han permitido la conservación de uno de los conjuntos forestales de hoja caduca más importantes de la provincia de Burgos.
El camino se introduce por la ladera norte de esta singular depresión. Al principio se encuentran mezclados los robles (Quercus pyrenaica) con las hayas ( Fagus sylvatíca) pero según vamos ganando en altitud queda patente la presencia exclusiva de las hayas, acompañadas de algunos ejemplares de arce, acebo y boj.
Caminamos ahora por un sendero que en algunos tramos desaparece. oculto por la hojarasca desprendida de los árboles, que forma una especie de alfombra muelle. Los arbustos y hierbas que crecen en este hayedo deben adaptarse a la escasa luz filtrada por el tupido follaje. Las plantitas, muchas con bulbos y rizomas, florecen temprano, antes de que el árbol eche las hojas. Tras pasar cerca de dos fuentes, la última llamada de San Llorente, se llega a la altura de tres espléndidas hayas. Desde este punto y una vez que hemos cruzado una valía de espino, hay que iniciar el descenso para retomar de nuevo el camino de Huidobro.
Como fauna importante en estos bosques, se puede citar el lobo, animal que junto al oso fue muy abundante en otras épocas y era capturado por los lugareños con ?buitrones?, artilugio de caza que posiblemente ha dado nombre a la zona. A este cánido le acompañan zorros, tejones, marías y jabalíes. Entre las aves: azores, gavilanes, ratoneros, búho chico y real, pito negro, arrendajo, zorzales, pinzones, chochines y carboneros.
El camino conduce por la izquierda hacia Huidobro. Aún son visibles en la zona varios pozos petrolíferos abandonados. Huidobro es un pueblo que presenta las mismas características arquitectónicas, que su vecino Villaescusa. En sus alrededores se encuentran los restos de "El Morueco", sepulcro megalítico que para los naturales de la zona tenía propiedades mágicas. A él mandaban sus pacientes, los curanderos, para sanarles la impotencia. Desde la iglesia románica de Huidobro -hoy almacén de aperos de labranza-, se divisa el barranco de la Tejera. Nos introducimos por este desfiladero, camino natural de acceso al cañón del Ebro, en el que encontramos tapizando las escarpadas laderas rocosas, una gran cantidad de hayas, robles, tejos y boj.
Muy pronto se abre a nuestra derecha un pequeño barranco por el que discurre el arroyo Turriente. Enseguida encontramos un sendero, que entre quejigos remonta este pequeño curso de agua, en dirección a Villaescusa. Tras dejar un camino a la derecha y, al llegar a una especie de muralla rocosa, la senda asciende por un hayedo, hasta la cima del barranco, lugar en donde se encuentra situado Villaescusa de Butrón.
Cómo llegar
Salimos de Burgos con dirección al norte por la carretera de Villarcayo. Tras cruzar el páramo de Villalta se llega a Pesadas, pueblo en donde se debe tomar la desviación que conduce a Villaescusa de Butrón. Desde Bilbao se puede enlazar fácilmente con Villarcayo, para seguir después la C-629.
Datos útiles
Epoca recomendable: todo el año.
Dificultad: media.
Distancia y tiempo: diez kilómetros y tres horas y media.
Interés: relieve, flora y arqueología.
Mapa topográfico 1:50.000: n0 19-8.

El Canal de Castilla es un fiel testigo de los intentos de la Ilustración Española, llevados a cabo durante el siglo XVIII, para sacar a la nación de su decadencia. Aunque el tramo burgalés de esta singular construcción ingenieril tiene apenas diez kilómetros, en su recorrido se encuentran todos los elementos que caracterizan esta obra. Esclusas, puentes, fábricas y sobre todo un acueducto: el de Abánades, sobre el río Valdavia, que es la más importante obra de ingeniería de todo el canal. Además, la espesa vegetación que aísla grandes tramos de su trazado de las influencias externas, ha hecho que en sus aguas y riberas vivan y aniden un gran número de aves acuáticas.
Recorrido
Cruzando el pequeño Canal del Pisuerga, hay que situarse justo enfrente de las importantes construcciones, en las que vamos a comenzar este recorrido a pie.
El Canal de Castilla, atraviesa en su tramo burgalés, "la campiña" de Melgar, que es una continuación de la gran llanura cerealista de "Tierra de Campos". Los materiales de esta zona pertenecen al relleno terciario de la Depresión del Duero. Las blandas arcillas arenosas del Mioceno han sido desmanteladas por la fuerte erosión producida por la importante red fluvial -ríos Pisuerga y Valdivia-, dando lugar a extensas áreas, más o menos llanas, y formando una sucesión de alomadas colinas, llamadas por los geógrafos: "campiñas".
Lo primero que llama la atención, al acercarse al canal, es la magnífica esclusa que tenemos delante. Estos curiosos ingenios hidráulicos, de forma ovalada, construidos con sillares de piedra caliza, servían para facilitar la navegación y salvar el desnivel existente en el trazado del canal. El ramal del norte, al que pertenece este tramo que vamos a recorrer, posee 24 esclusas como ésta, todas ellas realizadas en el siglo XVIII.
Tras el cierre del canal a la navegación, el año 1955, se desmantelan todas las compuertas y se sustituyen por pequeñas presas de retención, cambiando totalmente la fisonomía de tan singulares construcciones.
Dejamos atrás una antigua fábrica o batán que empleaba como energía la fuerza motriz de los saltos de agua y continuamos la marcha por la orilla izquierda del canal. Para ello es preciso utilizar los "caminos de sirga", por los que circulaban los mulos que arrastraban las barcazas.
Bordeando estos caminos crecen chopos, álamos, alisos, fresnos, sauces, espinos y zarzas; esta espesa vegetación aísla grandes tramos del canal de las influencias externas. Este relativo aislamiento ha permitido que en sus aguas y orillas se desarrollase una importante comunidad ornitológica. En otoño e invierno se concentran, a veces en cantidades importantes, ánades reales o patos azulones, cucharas, cercetas, porrón común, porrón moñudo y garzas reales. En primavera y verano, animan las aguas, fochas, pollas de agua y somormujos que anidan en los carrizos de las orillas. Golondrinas y aviones sobrevuelan el canal, mientras que en la vegetación circundante pueden verse y escucharse: abubillas, ruiseñor bastardo, cancero tordal, zarcero común, ruiseñor, curruca capirotada, buitrón, verderón, cardelina y verdecillo. De todas estas aves las más características y llamativas son los patos azulones, las pollas, las fochas y sobre todo las elegantes garzas reales que es posible sorprender, pescando en el agua, o sobrevolando con su característica silueta los alrededores.
Hay que seguir el camino, cruzando por debajo de un elegante puente con arco de medio punto, levantado en el más puro estilo clásico. En esta zona se han localizado los restos de una de las vías de comunicación más importantes de la Hispania romana.
La historia del Canal de Castilla, comienza a mediados del siglo XVIII; en aquella época y por iniciativa del Marqués de la Ensenada, se retomó la idea de dotar a Castilla, de una red de canales navegables. La construcción de este canal, que duró casi un siglo -tuvo muchos problemas, esencialmente económicos-, fue llevada a buen término por el impulso de algunos insignes ilustrados y sobre todo por el apoyo de un rey singular: Carlos III.
El canal, de 207 kilómetros, toma el agua de los ríos Carrión y Pisuerga, y comunica Alar del Rey con Medina de Rioseco y Valladolid. El canal del norte, ramal al que pertenece el sector que estamos recorriendo, fue diseñado y construido por Fernando de Ulloa entre 1759 y 1792.
Pronto llegamos a una de las obras de más envergadura de lodo el canal, el acueducto de Abánades. Este puente-acueducto, que salva el curso del caudaloso río Valdavia, soporta sobre sus cinco arcos el paso del canal con sus correspondientes "caminos de sirga". Junto a este acueducto se estableció la nueva población. hoy abandonada, de San Carlos el Real de Abánades.
En este punto es necesario volver hasta el puente por el que atraviesa el canal la carretera de León. Cruzamos éste y regresamos caminando por la otra orilla.
El canal cumplió la función, para la que fue diseñado -transportes de harinas, trigos y carbón-, hasta que a mediados del siglo pasado, la fuerte competencia del ferrocarril le hizo caer en una decadencia de la que nunca se recuperó.
Cómo llegar
En su pequeño recorrido por la provincia de Burgos, el Canal de Castilla atraviesa la vega de Melgar de Fernamental. Para llegar desde la ciudad hay que tomar la N-120 en dirección a León. Después de atravesar Melgar y de cruzar el río Pisuerga, es preciso desviarse por la pista asfaltada que conduce hasta San Llorente de la Vega. A la salida de este pueblo aparecen los puentes. esclusas y edificaciones de esta abandonada obra hidráulica.
Datos útiles
Época recomendable: todo el año.
Dificultad: ninguna.
Distancia y tiempo: nueve kilómetros y dos horas y media.
Interés: histórico y ornitológico.
Mapa topográfico 1:50.000: n0 17-10.

Si en alguna zona de la provincia de Burgos han perdurado unas formas de vida ancestrales, este lugar es sin duda Las Machorras o Los Cuatro Ríos Pasiegos, que de ambas formas lo conocen sus habitantes, los pasiegos. Estas gentes misteriosas -algunos los entroncan con los vaqueiros de alzada, los maragatos y los agotes-, conservan casi en el siglo XXI una estructura social y unas costumbres propias de la Edad Media. Su peculiar modo de vida ha sobrevivido gracias a su aislamiento geográfico. El recorrido de esta semana permite conocer cómo y dónde vive este pueblo.
Recorrido
El modo de vida pasiego se extiende además de por la zona burgalesa de Las Machorras, por algunas villas del sur de la provincia de Cantabria.
Aunque algunos autores han querido presentar a los pasiegos como un pueblo extraño, incluso perteneciente a una etnia diferente, lo cierto es que el pueblo pasiego desciende de las gentes que vivían en la zona de las Montañas de Burgos, y que entraron en una región de alta montaña en busca de tierras y pastos para sus ganados.
Sin duda este carácter de alta montaña y las grandes diferencias de altitud-se pasa en pocos kilómetros de los 300 metros de cota a los 1.700 metros mediante fuertes desniveles y profundos barrancos-, es lo que ha mareado el contraste con las gentes que los circundan.
Desde Las Machorras hay que retroceder por la carretera hasta el cruce con la pista asfaltada que sube al portillo de Lasía. Tras andar 300 metros por esta pista -al llegar a una antigua escuela en ruinas-, se toma el camino que parte a la derecha.
Es difícil en esta zona seguir un itinerario concreto, ya que la existencia de multitud de cabañas aisladas- con sus respectivos caminos y sendas de comunicación-, puede llegar a confundir y desorientar al caminante. La mejor manera de llevar a cabo este recorrido es marcarse unas cuantas referencias y consultar a los pasiegos que encontremos a nuestro paso.
El río Lasía que desciende de las montañas y sobre todo la pista embreada que lleva hasta el portillo de Lasía, pueden servirnos como ejes principales en esta ruta.
La comarca de Los Cuatro Ríos Pasiegos burgaleses -Rioseco, Lunada, Lasía y
Trueba-, está enclavada en las estribaciones de la Cuenca Cantábrica. Su clima y vegetación pertenecen a la llamada provincia atlántica. Uno de sus principales rasgos climatológicos es su elevada precipitación anual que puede llegar a los 1.800 litros por metro cuadrado.
La mayor y casi única fuente de recursos de los pasiegos son sus vacas. En torno a ellas gira toda su actividad y su forma de vida, que está marcada por la trashumancia estacional. En verano, suben con sus ganados a las brañizas o prados altos. En estas
praderas naturales se encuentran sus típicas cabañas, que presentan una fuerte estructura con dos plantas construidas en piedra y un tejado cubierto con lastras. Sirven a la vez de establo y vivienda familiar. El establo ocupa la planta baja y en la de arriba viven las personas y se guarda el heno.
Cuando caen las primeras nieves descienden con sus vacas a las faldas de las montañas y a las riberas de los ríos donde tienen situadas las más confortables cabañas de invierno.
La marcha discurre por tranquilos caminos que sirven para comunicar entre si las distintas fincas y cabañas. Nos llamará la atención la abundancia de cantos y gravas a?1-gulosas que aparecen lejos de los ríos y que siembran todos los caminos y senderos. Son los restos coluviales de las morrenas de los glaciares, que durante el Pleistoceno modelaron el relieve de estas montañas. Hay que destacar que se trata del glaciarismo de más baja cola actual de los observados en la península Ibérica.
La actividad pasiega ha condicionado, asimismo, el paisaje vegetal de la zona. La necesidad de obtener pastos para su ganado les ha obligado durante siglos a talar los bosques. Salvo en lugares aislados, el bosque como tal ha desaparecido. Los árboles que aún perduran conforman los setos de separación entre los prados y festonean con su sombra todos los caminos.
A pesar de todo esto se puede considerar a Las Machorras como un auténtico jardín botánico. En pocos kilómetros es posible localizar los árboles más representativos de los bosques caducifolios atlánticos. El roble común (Quercus robur) aún depara ejemplares de gran porte; el abedul con su corteza lisa y blanquecina; el serbal de los cazadores, fácilmente reconocible por sus ramilletes de frutos rojos: el carpe de la familia de los avellanos, árbol de singular rareza en la península y el acebo con sus hojas rígidas y coriáceas. El haya es la especie clímax en la zona y crece en la cara norte y en las umbrías de las montañas, formando los únicos bosques que todavía se conservan en estas comarcas..
En las zonas más elevadas se desarrollan las praderas naturales de alta montaña, compuestas especialmente por gramíneas como el fleo, el ray-grass la poa y el dactilo. Estos pastizales son aprovechados por los pasiegos durante el verano.
Si somos capaces de ascender hasta la cima del portillo de Lasía contemplaremos unas magnificas vistas. Hacia el sur, Las Machorras; al norte, en Cantabria. el valle de Soba y la Vega del Pas. Si el día está claro incluso se llega a ver el mar Cantábrico.
Para descender, el mejor y más cómodo camino es utilizar la pista asfaltada. En nuestro recorrido hemos podido apreciar el duro y arcaico modo de vida de estas gentes. No es extraño, por lo tanto, que a pesar de estar muy enraizados en su tierra, cuando tienen una oportunidad emigren a otros lares. Hace unos años, los pasiegos que salían de sus casas adquirían una gran fama con sus oficios. Muchas mujeres fueron "amas de leche" y nodrizas de reyes y nobles en la corte de Madrid. También eran famosos en muchas ciudades españolas como agualojeros y barquilleros. Algunos llegaron al norte de Francia para vender sus helados.
El recorrido finaliza en el Santuario de Nuestra Señora de las Nieves, donde aún en el día de su festividad aparece el "bobo de las nieves" y todavía los viejos pasiegos utilizan su arcaico dialecto -parecido al leonés-, para contarse ancestrales historias de lobos.
Cómo llegar
Desde Burgos hay que tomar la C-629 hasta Villarcayo y Espinosa de los Monteros. En esta localidad se debe coger la carretera local que conduce a Las Machorras. Si se sale de Bilbao y Santander es preciso dirigirse por la C-6318 hasta enlazar con Espinosa.
Datos útiles
Época recomendable: primavera y otoño.
Dificultad: media.
Distancia y tiempo: 14 kilómetros y cinco horas.
Interés: etnográfico y paisajístico.
Mapa topográfico 1:50.000: nº 20-6.

La Dehesa de Huerta de Arriba 16
En las dehesas y montes de Huerta de Arriba y Monterrubio de la Demanda se encuentran los bosques mejor conservados de toda la sierra burgalesa. Junto a los pinos, acebos y hayas, crecen los ejemplares más grandes de roble rebollo de toda la península Ibérica. En el pasado esta región tuvo mucha importancia por sus pastizales de alta montaña. A ellos acudían durante el verano, los rebaños trashumantes de La Mesta. Aunque muy deteriorados, aún son visibles algunos tramos de las antiguas "Cañadas de las Merinas", vías pecuarias por las que se realizaba el trasiego estacional de las ovejas.
Recorrido
Aún se pueden ver, en las calles de Huerta de Arriba, los restos del esplendor ganadero que tenía este pueblo hace unos siglos. Junto a las típicas casas serranas -construidas en piedra y con una clásica chimenea encestada-, se encuentran las casas de un mayor programa, que corresponden a los ganaderos más acomodados. Muchas de estas casonas están adornadas con los escudos de las familias que fueron miembros del Honrado Concejo de la Mesta. Las gentes de esta parte de la sierra burgalesa. se dedicaron durante siglos a la trashumancia del ganado merino. Es sus altas y lluviosas montañas crecen unos frescos prados -llamados agostaderos-. donde se traían a pastar las ovejas durante el verano. Con el otoño y utilizando para ello tas cañadas, los cordeles y tas veredas, los pastores de estas tierras, dejando atrás casas y familias partían con sus ovejas hacia los pastos de invierno de Extremadura.
Hay que salir de Huerta por la carretera que se dirige hacia Barbadillo de Pez. A unos doscientos metros nos desviamos por el primer camino, que parte a la derecha, en dirección a un pequeño cobertizo. Tras atravesar una cancela metálica, nos introducimos en pleno bosque de la dehesa de Huerta. Aunque la sierra de La Demanda está incluida en la región biogeográfica mediterránea, sus peculiares condiciones de altitud y orientación la convierten en un auténtico islote de vegetación caducifolia atlántica.
Así, al aumentar la altura va disminuyendo la temperatura media, al tiempo que se incrementan las precipitaciones. Ello se traduce en un cambio de vegetación. que es
?análogo al que se observa al subir en latitud. Sí a todo esto añadimos los suelos ácidos, originados por las rocas del Triásico y Jurásico que dominan en la zona y una orientación favorable a la lluvias -más de 1. 100 litros por metro cuadrado-, tenemos las claves de estos magníficos bosques.
Se sigue ahora por una senda muy transitada por el ganado vacuno, que asciende lentamente por la ladera. A nuestro paso encontramos un bosque mixto de hayas., rebollo (Quercus pyrenaica), acebos y algún ejemplar de pino albar. Tras remontar el curso de un pequeño arroyo. hay que pasar al lado de un abrevadero. Continuamos por las redas, que siempre hacia la derecha, llevan hasta el llamado camino de La Demanda. Localizamos éste a la altura de un espeso acebedo y lo seguimos hacia la
izquierda. A unos doscientos metros y justo en el límite con La Rioja, se ve un camino que parte también a mano izquierda y que discurre por la cumbre o cuerda que divide los términos de Huerta y Monterrubio.
En nuestra marcha por el bosque, es fácil dar con un ejemplar de roble con más de seis metros de diámetro, que sirve como mojonera a tres pueblos. Tras pasar por la laguna de la Cantera y siguiendo siempre una alambrada metálica que sirve como referencia se llega al camino que comunica los dos pueblos citados.
En estos bosques se refugian una gran cantidad de aves y mamíferos. Entre las primeras: reyezuelos, pinzones, carboneros, picopicapinos, cucos, lechuzas y ratoneros. Los mamíferos además del raro desmán de los Pirineos, están representados por lobos. jabalíes, corzos. gato montés, tejones, martas y comadrejas.
Después de atravesar el camino principal y siempre paralelos a la alambrada hay que seguir en dirección a Bezares. Al pasar un gran roble y a la altura del tendido telegráfico, vemos a nuestra derecha los restos de la antigua "Cañada de las Merinas".
Descendemos por ella hacia el fondo del valle y aunque en muchos tramos ha desaparecido con un poco de atención podremos seguirla unos kilómetros. Estas cañadas reguladas por la Mesta, desde tiempos de Alfonso X. tenían una anchura reglamentaria-de 20 a 70 metros-, que nadie podía invadir.
Tras cruzar un pequeño arroyo, caminamos por unos extensos pastizales y seguimos como referencia la linde del bosque, lugar por donde también discurre la antigua cañada. Este camino medieval se solapa con la vía romana que comunicaba Clunia con Tritium Magallum.
A la altura de Monterrubio. nos cruzamos con el camino forestal, que lleva desde este pueblo a Huerta de Arriba. Ya sólo nos queda tomarlo hacia la derecha y sin desviarse en ningún momento, atravesar otra vez los bosques y dehesas de estos pueblos. Sin ningún problema muy pronto regresaremos de nuevo a Huerta.
Cómo llegar
Huerta de Arriba está enclavada en la zona de transición, entre las sierras de La Demanda y de Neila. Para llegar desde Burgos, hay que tomar la N-I con dirección a Madrid. En Sarracín nos desviamos por la carretera de Soria hasta Barbadillo del Mercado. Desde este pueblo y por la pista asfaltada que pasa por Vizcaínos, llegaremos a Barbadillo de Pez. En este último lugar. se debe coger la carretera de Neila. que siguiendo el río Tejero conduce hasta Huerta de Arriba.
Datos útiles
Época recomendable: todo el año.
Dificultad: inedia.
Distancia y tiempo: 16 kilómetros y cinco horas.
Interés: fauna y flora.
Mapa topográfico l:50.000:nº 21-12.

El valle de Valdivielso es uno de los más bellos e interesantes paisajes geológicos de la Península. Limitado al norte por el anticlinal de La Tesla, este valle es una depresión sinclinal modélica, por cuyo fondo discurre el río Ebro. Cuando en el siglo IX los musulmanes llamaban a esta región "Alava y al-Kile", es decir Álava y los castillos, estos montes que dominan el Ebro, ya estaban erizados de torres y fortalezas, que como el castillo de Toba servían para defender esta primera frontera del baluarte cristiano.
Recorrido
Valdivielso es una de las zonas con más recursos paisajísticos del norte de Castilla. Su geología, la importancia de su patrimonio histórico-artístico y la riqueza de sus recursos biológicos y botánicos convierten este pequeño espacio en uno de los más interesantes de la Península. De las muchas rutas y recorridos que se pueden llevar a cabo por su geografía, vamos a realizar el que comienza en la ermita de Santa Isabel, también llamada de la Virgen de la Hoz.
A unos 200 metros de la citada ermita, en dirección a la carretera de Villarcayo, se encuentra una curiosa fuente subterránea que posiblemente es de origen romano. Hay que rodear el edificio de la ermita y dirigirse hacia un vallejo que desciende hacia Valdivielso. Enseguida encontramos una calzada empedrada en muy buen estado de conservación. Antigua vía romana, durante la Edad Media este camino fue conocido como el "del pescado", ya que a través de él se transportaba el pescado fresco del Cantábrico -en mulas cargadas de serones con hielo y nieve-, hacia Burgos y Madrid. Con impresionantes contrafuertes y buscando siempre la línea recta, más segura para los viajeros, salva los 400 metros de desnivel que separan el flanco septentrional de las parameras de La Lora y el fondo de la depresión de Valdivielso.
El primer pueblo que aparece en el camino es El Almiñé, que además de su nombre árabe conserva un importante patrimonio. Destaca la iglesia de Santa Lucía, con su torre románica. No hay que dejar de visitar la taberna del pueblo, curioso edificio adosado a la iglesia y desde cuyo interior se puede contemplar una interesante ventana del siglo XII.
El valle de Valdivielso es la zona de la provincia de Burgos en donde la presencia de la casona señorial es más numerosa y significativa. En El Almiñé hay varias de estas edificaciones, que responden al tipo común de casona norteña: edificio aislado, de planta rectangular con cubierta a cuatro aguas y construida con sillares. La mayoría están adornadas con escudos nobiliarios y recercas y molduras en puertas y ventanas. En algunas de estas casas todavía viven los descendientes de los nobles que las levantaron en los siglos XVI, XVII y XVIII.
Hay que salir de este pueblo por el camino que parte al lado de la entrada principal de su iglesia parroquial. Sin desviarnos en ningún momento, continuamos la marcha hacia la cercana aldea de Santa Olalla. El camino discurre flanqueado de quejigos al borde de extensas plantaciones de cerezos y manzanos. A la derecha tenemos la empinada ladera del Miravacas, cubierta por un espeso monte de encina.
En la comarca de Las Merindades, se entrecruzan y a veces se solapan, las dos áreas bioclimáticas que dominan la península Ibérica: la atlántica y la mediterránea. En estas escarpadas montañas. que cierran el valle de Valdivielso por el sur se desarrolla una interesante comunidad botánica, mezcla de bosque y matorral, que se conoce con el nombre de "maquia". Este matorral denso, con arbustos que no crecen más de dos o tres metros, puede llegar a ser un ecosistema casi estable, si tiene una explotación antropica -pastoreo, talas e incendios-, que le impida evolucionar hacia un tipo de formación boscosa. Forman la maquia, pequeños arbustos de encina, abundante coscoja. lentisco. labiérnago, sabina negra, durillo, enebro y boj como influencia de la vegetación atlántica.
En esta espesura se refugian jabalíes. zorros, tejones, liebres y conejos. También tienen aquí sus cazaderos azores, ratoneros y águila culebrera. Cuando vuela esta rapaz diurna parece blanca y posee alas anchas y cola medianamente larga. Se alimenta de culebras, víboras y lagartos. Migratoria, llega a Burgos a mediados de marzo, para volver a África al terminar el verano.
Hay que dejar a la izquierda el camino que baja hasta Santa Olalla. En el barrio alto de este pueblo y nada más pasar su iglesia, se debe tomar un sendero que nace a mano derecha. A partir de este punto hay que ascender el monte, en dirección al castillo de Toba. Aunque la pendiente en algunos lugares llega a ser fuerte, el maravilloso paisaje compensa de cualquier esfuerzo. Al fondo tenemos la sierra de La Tesla y la garganta de Hocinos, impresionante cluse por donde se introduce el Ebro en el valle de Valdivielso. Casi a nuestra altura y sobre una elevada e inaccesible cresta rocosa, contemplamos el castillo de Toba.
Esta fortaleza también llamada de Malvecino, perteneció a los Manrique y a los Suárez de Figueroa, dos nobles familias del valle. Por estar asentado sobre la roca viva y circundado por un impresionante precipicio, su plano resulta sinuoso, alargado y estrecho.
Continuamos ascendiendo hasta la ermita de San Jorge, hoy en ruinas. En lo alto del monte encontramos el Puerto Frío, lugar en el que se hacen sentir los gélidos aires del páramo. Muy pronto y a la derecha vemos un camino que bordeando unos sembrados conduce de nuevo hasta la ermita de Santa Isabel.
Cómo llegar
Valdivielso es el limite meridional de Las Merindades. Desde Burgos hay que seguir la C-629, de Villarcayo. Después de pasar Pesadas y unos dos kilómetros antes de bajar el puerto de la Mazorra, se localiza a la derecha una pista de tierra que conduce a la ermita de Santa Isabel. De la que parte el paseo por el valle.
Datos útiles
Época recomendabIe: todo el año.
Dificultad: media-alta.
Distancia y tiempo: diez kilómetros y tres horas y media.
Interés: paisaje, arte e historia.
Mapa topográfico 1:50.000: nº 19-8.

El Arlanza es el río mitológico por excelencia de Castilla. En sus aguas se reflejaron los rostros legendarios de sus héroes fundadores. Este paseo recorre su curso medio, donde -36.000 años antes de que en sus orillas se empezase a hablar y a escribir el castellano-, vivían grupos de cazadores paleolíticos cuyos restos aparecen en las cuevas y abrigos de la zona. El valle del Arlanza puede ser considerado como una auténtica reserva natural, en la que destacan las numerosas colonias de buitre leonado, la rica vida de sus aguas y riberas y los magníficos bosques de sabina albar.
Recorrido
Este sector del valle del Arlanza es una de las zonas con más atractivos naturales de la provincia de Burgos. Hay que emprender el camino siguiendo la senda que discurre paralela al río Arlanza y que nace junto al puente de la carretera. En la primera parte del recorrido, va a ser el río -situado siempre a la izquierda-, nuestra principal referencia.
El sendero se introduce rápidamente en el sabinar, formación boscosa casi omnipresente en la zona. La sabina albar (Juniperus Thurifera) es un árbol de hoja perenne, de tamaño mediano, aunque en el valle del Arlanza se pueden encontrar sabinas de veinte metros y con casi tres metros de diámetro. Tiene una copa densa de forma cónica o redondeada y su color es verde oscuro. Sus hojas son escamosas y sus frutos son bolitas azuladas que encierran de dos a seis semillas.
Su nombre científico, Thurifera, significa "productora de incienso" ya que su madera es muy aromática y desprende un olor resinoso agradable, que impregna el ambiente que las rodea. En algunos puntos del sabinar aparecen ejemplares aislados de encina. Gineta, gato montés, corzo, jabalí y tejón son algunos de los mamíferos que viven en este bosque.
Muy pronto y tras acompañar al río en una pronunciada curva, se localiza -en la otra orilla-, un impresionante espigón calcáreo en cuya cima están situadas las ruinas de la Ermita de San Pedro. A media altura de la roca es visible la entrada de la llamada Cueva de la Ermita. En ésta y en la vecina Cueva Millán, los arqueólogos han encontrado los restos -raederas, puntas, bifaces y cuchillos de sílex- pertenecientes a varios grupos de hombres musterienses. También junto a estas industrias líticas han aparecido los restos de los animales y peces que cazaban y pescaban estas gentes hace 37.000 años, durante el Paleolítico Medio: caballo, ciervo, rebeco, cabra montés, búfalo, pantera, lobo, castor, truchas y anguilas.
La Cueva de la Ermita es conocida así mismo como Cueva de San Pelayo. En ella
-según nos cuenta la leyenda-, cuando el joven conde Fernán González se perdió cazando, le fue profetizado por el anacoreta Pelayo, su futuro glorioso como fundador de un reino. El aspecto mitológico de la figura de Fernán González se ve reforzado por el hecho de que en su niñez, fuese ocultado y educado por un carbonero en los montes de Arlanza. Estos dos sucesos entroncan a nuestro personaje. con casi todos los héroes y fundadores de religiones y reinos, ya sc trate de leyendas germánicas o de historias de Oriente.
Tras pasar por debajo de un centenario nogal, descubrimos al otro lado del río las ruinas del monasterio de San Pedro de Arlanza. que fue fundado por el mismo conde y construido sobre antiguos restos romanos y visigodos.
Después de recorrer unos trescientos metros por la senda paralela al Arlanza. hay que rodear una peña caliza para continuar el camino. Una vez atravesada su parte más estrecha, el valle se abre en unas espléndidas perspectivas. A mano derecha una escarpada ladera cubierta de sabinas, aparece culminada por la abrupta cresta de Peñaísa: a la izquierda se divisan las estribaciones de la sierra de las Mamblas. Todas estas estructuras (leí relieve pertenecen al complejo mesozoico que bordea la sierra de La Demanda.
El sendero, después de vadear el arroyo de la Estacada, discurre entre el sabinar y el sotobosque de la ribera. Este bosque de galería está formado por chopos. fresnos, sauces y alisos, estos últimos son fáciles de reconocer por sus frutos. parecidos a pequeñas pinas.
En las mimbreras y cañizos de las orillas se refugian distintas aves acuáticas: anades, pollas de agua, cercetas, porrones y patos. Es posible y recuente sorprender pescando en las aguas del Arlanza alguna garza real. Estas aves tienen cerca de un metro de altura, su plumaje es gris y su pico largo y amarillento. El vuelo es de batidas lentas. con la típica silueta de garza, cuello recogido y patas extendidas hacia atrás.
A la derecha en la ?masa de calizas compactas del Cretácico, se abren dos pequeños vallejos. En el segundo, más profundo y escarpado. tienen instaladas sus colonias los numerosos buitres leonados (fue pueblan el valle. Si no queremos alterar gravemente los hábitos de estas aves carroñeras, es mejor no acercarse a sus buitreras. Es todo un espectáculo ver a los buitres ascender majestuosos. aprovechando las corrientes de aire. Desde gran altura escudriñan sus territorios, buscando con su aguda vista los cadáveres de animales con los que se alimentan. En estos cortados también tienen sus nidos varias parejas del escaso alimoche.
Para continuar el camino hay que ascender por el primer y más pequeño de los vallejos. Aprovechando un gran cono de deyección -acumulación de pequeñas piedras de caliza y marga-, se sube hasta lo alto de la peña. A la derecha encontramos una grieta que permite acceder a la cima de la gran cresta.
Arriba se debe tomar una vereda que a través de un bosque mixto de sabina y encina conduce a un bien marcado camino. Cogemos éste a la derecha y después de andar algo más de un kilómetro, se alcanzan las tenadas de Valdelacasa. Algunas de estas edificaciones, que servían para guardar las ovejas, están construidas con tal pericia y maestría que merecen ser catatogadas y conservadas como arquitectura popular.
Desde lo alto de las tenadas, se divisa la meseta de Carazo y el pueblo minero de Contreras.
Tras descender por un nuevo camino abierto en el monte y al llegar a una curiosa choza de pastores semejante a un búnker, el camino gira en un ángulo muy cerrado. Antes de proseguir es posible visitar el cercano desfiladero formado por el arroyo de la Estacada. La garganta se va estrechando paulatinamente hasta permitir solo el paso de las aguas del arrollo, que se precipitan hacia su cercana desembocadura en el Arlanza.
Seguimos el camino y después de cruzar el riachuelo por un puente de troncos, a la altura de una primera bifurcación, hay que tomar el camino de la derecha. Tras recorrer unos mil metros sin desviarse, míos encontramos con un nuevo cruce de caminos. Primero se elige el de la derecha y a unos veinte metros cogemos el de la izquierda. Este nuevo camino se bifurca a su vez en otros dos, en este punto hay que tomar el que queda a la derecha.
Ya sin ningún problema y descendiendo por el término conocido como Cuevaburgos,
pronto se alcanza la carretera, muy cerca del puente en el que comenzó el recorrido.
Cómo llegar
Para acercarse al valle del Arlanza hay que salir de Burgos por la carretera de Madrid. En Sarracín se toma la desviación de Soria hasta Hortigüela. Allí se coge la carretera de Covarrubias y una vez superadas las ruinas del monasterio de San Pedro de Arlanza, tras cruzar el primer puente sobre el río, se localiza el camino donde comienza el recorrido. Desde Madrid y Soria es fácil enlazar con este sector de Burgos.
Datos útiles
Época recomendable: todo el año.
Dificultad: media.
Distancia y tiempo: 12 kilómetros y cuatro horas.
Interés: Paisaje, historia y fauna y flora.
Mapa topográfico 1:50.000: nº 20-12.

El valle de Losa, con sus 40 kilómetros de largo por cinco a diez de ancho, tiene una personalidad indiscutible dentro de la región de las Montañas de Burgos. Geomorfológicamente es una gran depresión, alojada en los materiales blandos del Cretácico Superior, y casi todo su territorio aparece cubierto de espesos bosques de pinos y robles, en donde se refugia una de las mayores poblaciones de lobos de Europa. En esta tierra de Losa, se empezó a fraguar a partir del siglo IX, la historia del primitivo reino de Castilla. En lo alto de una cresta, rodeada por el río Jerea se encuentra la ermita románica de San Pantaleón, en la que se dan cita leyendas de origen céltico que entroncan con la tradición cristiana del Santo Grial.
Recorrido
El caserío de San Pantaleón de Losa se extiende a la sombra de la gran peña en cuya cima de encuentra la ermita de San Pantaleón. En el mismo pueblo hay que tomar el camino, que por la izquierda asciende suavemente hasta la cresta rocosa. Enseguida se alcanza el lomo de la peña, que en primavera aparece sembrado de una gran cantidad de lirios (Lilium pyrenaicum) con flores rosas y amarillas. Casi en la cima de la roca destaca una pequeña pero muy interesante iglesia románica de finales del siglo XII o Comienzos del XIII.
La fama de esta perdida ermita ha sobrepasado las fronteras del pequeño valle de Losa y se extendió por las zonas limítrofes de Burgos y Euskadi (País Vasco). Muchos de los romeros y peregrinos acudían a comprobar con sus propios ojos el milagro de la licuación con la sangre de San Pantaleón. Todavía en nuestros días sigue licuándose todos los años en Madrid.
Esta misteriosa tradición, y los mágicos símbolos que se desprenden del estudio de la iconografía de la iglesia -atlante monumental de la portada, representación en un capitel del "caldero de Dagda", uno de los talismanes de la religión céltica-, han hecho pensar a muchos eruditos que en San Pantaleón se podría encontrar la pista de una de las leyendas más misteriosas del cristianismo: la del Santo Grial, cáliz en el que se recogió la sangre del costado de Cristo.
Hay que iniciar el descenso dirigiéndose hacia el poste del tendido eléctrico. Una vez sobrepasado éste, encontramos una vereda que desciende hasta la orilla del Jerea. Este río que nace en los cercanos montes de la Peña, configura la principal unidad estructural de la llamada depresión ortoclinal de Losa.
Se toma ahora la senda hacia la derecha y tras bordear el río llegamos a un pequeño puente de cemento. Desde aquí se debe tomar el camino que, paralelo otra vez el río, conduce hacia la izquierda. Como a unos doscientos metros, y con un poco de atención, es fácil localizar una senda que parte a mano derecha y que asciende lentamente hacia la cima del Muyentes.
Al principio la vegetación está formada por un bosque mixto de quejigo (Quercus faginea) mezclado con sabina negra, enebro y encina. Según se gana en altitud, comienza ?a aparecer el bosque de pino albar (Pinus svlvestris), que cubre prácticamente todas tas zonas montañosas de la comarca del valle de Losa.
Esto no ha sido siempre así; de vez en cuando en el camino se yerguen buenos ejemplares de haya, restos indudables del bosque primitivo. En esa época los pinares debían de estar confinados a puntos de suelo rocoso y gravas fluviales. A partir de esos breves núcleos, el pino fue colonizando los espacios aclarados por incendios, pastoreo y roturaciones. El caminante puede observar que el pino albar ocupa las zonas de los antiguos hayedos y las áreas bajas del quejigal, ayudado sin duda por los lugareños para quienes el pino asegura una rápida rentabilidad económica.
El estrato arbustivo de estos bosques está dominado por el brezo, el boj y el enebro común. También destaca la gayuba, el espliego y el espino blanco.
Seguirnos la ascensión hacia el Muyentes por una senda que en algunos puntos desaparece oculta por la broza. Tras atravesar una alambrada para el ganado. llegamos a una bifurcación en la que se debe tomar el camino de la izquierda. Como a un kilómetro encontramos una pista forestal que además sirve como cortafuegos. Seguimos la pista por la derecha hasta un nuevo cruce en el que hay que elegir otra vez el camino de la derecha. Este camino, tras cruzar una valía de maderos- que sirve para evitar que se escapen los numerosos ejemplares de caballo losino, que viven semisalvajes en estos montes- conduce hasta una curiosa construcción que se conoce con el nombre de lobera. Estas loberas, muy frecuentes en estos montes, eran un tipo de trampa fija para batir a los lobos (Canis lupus) abundantes en otra época por estos bosques. La estructura consistía en dos altas paredes convergentes, construidas con sillares y sillarejos de piedra, que acababan a modo de embudo en un profundo foso, en el que se capturaban estos temidos carnívoros.
El camino atraviesa una de las paredes de la lobera, que se debe seguir hacia la derecha para poder contemplar el foso. Volviendo sobre nuestros pasos, se retorna la pista principal por la que continuaremos el recorrido. Tras un suave descenso se alcanza el pueblo de Perex, en el que lo más interesante son unas tumbas altomedievales encontradas al pie de una abandonada ermita.
Salimos de esta pequeña localidad siguiendo durante unos pocos metros la pista asfaltada. Enseguida veremos a mano derecha un camino que se introduce por un estrecho vallejo por el que corre el arroyo de los Valles. Por esta senda y sin desviarnos nunca a la derecha, se llega a un camino bien marcado.
En este cruce hay que tomar el de la izquierda que nos va a conducir hasta la orilla del río Jerea. Con la ermita de San Pantaleón a la vista, sólo queda atravesar otra vez el puente sobre el río y llegar hasta el pueblo en el que iniciamos el paseo.
Cómo llegar
Desde Burgos hay que llegar a Briviesca, Oña y Trespaderne. Una vez atravesado este pueblo y por la carretera de Arciniega se llega a San Pantaleón de Losa. Si se sale de Bilbao se debe tomar también esta última carretera.
Datos útiles
Época recomendable: primavera y verano.
Dificultad: media.
Distancia y tiempo: 11 kilómetros y cuatro horas.
Interés: arte, paisaje y carácter mágico.
Mapa topográfico 1: 50.000: n0 20-7.

La zona del Alto Oca es una de las mejor conservadas, desde el punto de vista medio ambiental de la provincia de Burgos. Su difícil acceso y su privilegiada situación geográfica han preservado en estas escarpadas estribaciones de la sierra de La Demanda unos espectaculares y relictos bosques caducifolios. Además entre las hayas, los tejos, los robles y los arces se refugian un buen número de mamíferos y aves. En las inmediaciones de este desfiladero se encontraba la mítica ciudad autrigona de Auca, que después de la dominación romana, y ya en tiempos visigodos, se convirtió en una importante sede episcopal cristiana.
Recorrido
A la altura de la Ermita de Oca hay que tomar el antiguo camino del Alba -pequeño pueblo abandonado-, por el que vamos a remontar el río Oca, afluente del Ebro, que nace en los montes que llevan su nombre y que son la divisoria natural entre las cuencas hidrográficas del Duero y el Ebro. Muy pronto el camino desaparece y se convierte en una senda tallada en la roca, que se introduce por un estrecho desfiladero abierto por el río en la compacta masa de calizas.
Hay que continuar la marcha por el impresionante, aunque seguro, sendero que se aferra a las escarpadas paredes de la garganta. Estremece el ánimo pensar que éste era el único camino que tenían los habitantes de Alba para llegar hasta su pueblo.
Enseguida se alcanza un puente de cemento por el que cruzamos el río. En este punto se localiza un magnífico conjunto de formaciones geológicas. Los montes de Oca pertenecen al complejo mesozoico que rodea la sierra de la Demanda; sobre estas estructuras calizas se ha modelado un relieve de formas caprichosas y retorcidas, en las que el río se ha entallado en difíciles angosturas.
También en esta zona, el Oca se precipita en varias cascadas, que durante las crecidas de la primavera llegan a ser espectaculares. En las escarpadas y rocosas laderas apenas crecen unos cuantos ejemplares de enebro común, acompañados por algunos arbustos aromáticos: romero, tomillo y espliego que en la época de floración inundan el ambiente de variados y penetrantes aromas. La presencia animal se reduce en esta zona a las aves, sobre todo rapaces y córvidos, que anidan en los inaccesibles farallones del desfiladero. Tras cruzar un nuevo puente, esta vez construido con troncos, hay que dejar a la derecha el camino que conduce a Alba y seguir la senda que continua paralela a la orilla del río.
Después de atravesar unos pastizales y de vadear el Oca saltando de piedra en piedra, el sendero se introduce en un espeso sotobosque. No hay que abandonar en ningún momento el curso del río, ya que es la mejor guía para no despistarse.
Para continuar hay que abrirse paso entre una densa vegetación, compuesta de sauces, arces, fresnos, alisos, zarzas y majuelos. En los árboles y arbustos viven una gran variedad de pájaros cantores e insectívoros: escribanos, mirlos, zorzales, pardillos, carboneros y pinzones.
Al ganar altitud. el bosque se va aclarando, y comienzan a aparecer las especies típicas de montaña. Destacan las manchas de hayas en las zonas más húmedas y u?mbrías y los robles y los arces en las laderas soleadas. Aquí se encuentran algunas de las hayas (Fagus sylvática), de más altura y porte de todo Burgos. Varios árboles superan los 50 metros de altura y los dos de diámetro, su edad sobrepasa con creces los trescientos años.
De pronto, una alta pared de roca impide el paso al sendero; sólo el río, tras millones de años, ha logrado abrir una estrecha garganta para atravesar la gran mole caliza. Al cruzar este profundo barranco, el Oca se remansa formando un pequeño lago, donde todavía cazan varias parejas de nutria.
Seguimos el camino, tomando a la izquierda una senda que asciende paralela al arroyo del Arroz Quemado y que tras cruzar una alambrada para el ganado, nos deja en la cima del impresionante cañón.
Una espectacular panorámica compensa el esfuerzo de la subida. Dominándolo todo, las altas cumbres de La Demanda, por debajo y en un profundo cortado, discurre el Oca. Si el día está claro, se divisan al fondo los montes Obarenes.
Para regresar, hay que tomar alguna de las sendas que partiendo hacia la izquierda atraviesan un tupido bosque de roble marojo (Quercus pyrenaica) en el que abundan los zorros, corzos y jabalíes. Pronto se alcanza el camino que viene desde Villamudria. y que siempre hacia la izquierda y descendiendo, nos va a acercar a la fuente de San Indalecio, de nuevo en las proximidades de la Ermita de Oca, donde concluye el recorrido.
Cómo llegar
Si se sale desde Burgos. hay que tomar la N-120 hacia Logroño. Una vez superado el puerto de La Pedraja. y poco antes de llegar a Villafranca Montes de Oca, encontramos a la derecha, la pista asfaltada que conduce a la Ermita de Nuestra Señora de Oca. También es fácil enlazar desde el País Vasco y La Rioja.
Datos útiles
Época recomendable: todo el año.
Dificultad: Media, con algún tramo complicado.
Interés: Paisaje y vegetación
Distancia y tiempo: siete kilómetros y tres horas.
Mapa topográfico 1:50.000: nº 20-10.

El complejo karstico de Ojo Guareña, con sus casi 100 kilómetros de desarrollo, es el conjunto de cuevas más extenso de la Península y el sexto en importancia del mundo. Estas cavidades y sus alrededores, han servido como lugar de culto y santuario desde el Paleolítico, pasando por los constructores de dólmenes y tos celtas, hasta nuestros días. Además del interés espeleológico y de su riqueza arqueológica, estas grutas de la Merindad de Sotoscueva, encierran en su interior una variada fauna cavernícola, incluso con endemismos que no se encuentran en ningún otro lugar del planeta.
Recorrido
El mismo nombre de la Merindad de Sotoscueva, indica que la vida y las costumbres de los habitantes de esta zona, han girado desde siempre alrededor de las cuevas. El complejo kárstico de Ojo Guareña, es uno de tos pocos lugares del mundo, en el que se puede seguir con toda claridad y sin que falte ninguna etapa clave, la evolución de la religiosidad del hombre occidental.
La serie puede comenzar hace más de 15.000 años, cuando unos hombres paleolíticos situaron en la profundidad de la cueva uno de sus santuarios, y lo decoraron con pinturas y dibujos que representaban animales, signos y seres antropomorfos. Justo encima de este santuario, en la superficie, las gentes del megalitismo erigieron uno de sus monumentos funerarios. De nuevo en la cueva, en la sala llamada de los grabados aparece un espectacular conjunto de esquematizaciones -hombres, ciervos y bóvidos-, que se pueden datar en el Bronce Final.
Otro de los pueblos que nos han dejado sus creencias y leyendas, han sido los celtas que ejercían la dendrolatría, rindiendo culto a una encina sagrada, de la que aún se conserva algún retoño. Con el cristianismo, las cuevas no sólo no perdieron su carácter sagrado, simio que este fue reforzado con la construcción en una de sus entradas de la famosa ermita de San Bernabé.
El recorrido comienza en las mismas calles de Cornejo. Tras cruzar el río por el puente de la carretera, hay que remontar su curso por un camino que discurre paralelo a la orilla. Después de pasar al lado de una casa solariega con un gigantesco escudo nobiliario y a la altura de las dos últimas casas del pueblo, nos desviamos por una senda que transcurre paralela a una valía de piedras.
Debido a su poca utilización, los caminos de esta zona están en muy malas condiciones -invadidos por la broza y las tierras de labor-, pero con un poco de atención llegaremos al camino -marcado con trazos de pintura amarilla-, que partiendo desde la carretera conduce a la entrada de Cueva Palomera.
La vegetación que cubre esta zona, está compuesta principalmente por encinas y quejigos (Quercus faginea). En los bosquetes de estas dos especies, la fauna alada es abundante: oropéndolas, cucos, tórtolas, currucas, pinzones y mosquiteros comunes, papialbos, carboneros y herrerillos.
A la derecha aparece la dolina de Palomera, espectacular hundimiento del terreno. en donde se encuentra el principal acceso al complejo de Ojo Guareña. El citado fenómeno kárstico está recubierto por un espeso bosque de quejigos y presenta un microclima especial que ha favorecido el desarrollo de una interesante comunidad de líquenes. Hay que retomar el camino muy cerca de sima Dolencias, impresionante cavidad de 60 metros de profundidad.
Tras cruzar por dos veces la carretera, llegamos a lo alto del circo de San Bernabé, en cuyo fondo se localiza el sumidero del río Guareña. Por este famoso "ojo" se introduce el río en los materiales calizos del Cretácico, dando lugar -por fenómenos de disolución química-, al complejo de simas, galerías, ríos y lagos subterráneos, conocido como Ojo Guareña. Descendemos ahora hasta la ermita de San Bernabé, curioso santuario cristiano situado a la entrada de la cueva, y tomamos la senda que hacia la derecha conduce a la altura del sumidero del Guareña.
Continuamos por la orilla del río hasta Cueva. En este pueblo hay que desviarse a la derecha por el camino bien marcado que lleva a Quisicedo. Al pasar por el cementerio de esta última población, nos desviamos otra vez a la derecha, siguiendo ahora en dirección a Cornejo.
Desde esta zona se puede contemplar en toda su extensión el complejo kárstico y sobre todo su desafiante crestería, en la que anidan varias águilas reales y perdiceras, y algunas parejas de buitre leonado y alimoche.
Por una zona de pastos naturales, y sin salirse del sendero que discurre paralelo al río Trema, rápidamente se alcanza una pequeña garganta. En épocas de grandes crecidas es imposible atravesar este sector por la orilla del río. La única solución es buscar un paso elevado, existente entre las rocas. Tras superar esta dificultad, enseguida se divisan las casas de Cornejo.
Cómo llegar
Las cuevas de Ojo Guareña están situadas en el extremo norte de la provincia de Burgos. Para llegar desde la capital hay que tomar la C-629, en dirección a Villarcayo. Tras atravesar la cabeza de Las Merindades, y a unos cuatro kilómetros, se encuentra la desviación que por Torme conduce a Cornejo. Desde Santander y Bilbao es fácil enlazar con Villarcayo.
Datos útiles
Época recomendable: todo el año.
Dificultad: media-alta.
Distancia y tiempo: diez kilómetros y cuatro horas.
Interés: espeleológico, arqueología, fauna y flora.
Mapa topográfico l:50.000:nº 19-6.

El viejo Ferrocarril Minero 22
El antiguo y desmantelado ferrocarril minero que unía Villafría con Bezares es el mejor camino para introducirse en plena sierra de La Demanda. Las trincheras excavadas en su construcción han puesto al descubierto importantes yacimientos, en los que aparecen fósiles de helechos gigantes de hace 300 millones de años. Esta zona de La Demanda fue repoblada en el siglo X por gentes vascas que dejaron su huella en los nombres de pueblos como Urrez. Uzquiza. Zalduendo. Galarde, Arretú y Ochabro.
Recorrido
Urrez es un pueblo situado en las faldas del pico Mencilla. Su origen se remonta a la época de la repoblación. Durante el siglo X, un grupo de vascos, buscando seguramente una tierra parecida a la que habían dejado en el norte, vino a poblar esta zona de la sierra de La Demanda. Fundaron pueblos que como Urrez, han conservado en sus topónimos -urreiztei: avellaneda- la raíz euskera.
Incluso la arquitectura popular de estos núcleos -que está dominada por el tipo serrano de casa de piedra-, conserva soluciones como al cubierta con cumbrera ortogonal y un gran alero protegiendo la fachada, que tienen una clara influencia vasca.
Se sale de Urrez, por la pista de tierra que nace junto a la fuente. Enseguida hay que tomar la primera desviación a la izquierda. Tras andar unos 200 metros, volvemos a desviarnos, esta vez a la derecha. Después de pasar cerca de un molino hay que continuar hasta ver un camino que parte a mano derecha. Ahora, ascendemos lentamente hacia el monte La Barda, atravesando un bosque de roble melojo (Quercus pyrenaica).
Según se va ganando altura aparece hacia el norte, el valle medio del Arlanzón, con la ciudad de Burgos al fondo. Una nefasta política de repoblación forestal, llevada a cabo a mediados de este siglo, ha sustituido sistemáticamente los árboles autóctonos, hayas y robles, por pino albar. A pesar de esta alteración de la cliserie vegetal, estos pinares están habitados por varios e interesantes animales. Fácilmente veremos alguna ardilla saltando de rama en rama y, con mucha suene, es posible descubrir una de las mariposas nocturnas más bellas del mundo, la Graellsia lsabelae. Este lepidóptero es el emblema de la entomología española y por su rareza y escasez, está protegida por el Convenio de Berna, sobre la protección del medio natural en Europa.
Una vez en lo alto del monte, hay que descender la vertiente, que conduce hacia el pantano del Arlanzón. Es preciso cruzar dos cortafuegos: tras el primero, dejamos un camino a la derecha y al llegar al segundo, lo tomamos hacia la izquierda. A 30 metros encontramos un sendero, que ahora por la derecha desciende un espeso pinar. En algunos puntos, esta senda desaparece invadida por la broza, para no perderse hay que seguir ladera abajo hasta dar con un nuevo cortafuegos.
Después de otra empinada cuesta, nos topamos con una cerca de espino. Siguiendo paralelos a ésta por nuestra derecha, enseguida nos introducimos por un camino bien marcado, en un extenso bosque de roble melojo. El rebollo, marojo o melojo, que con estas tres denominaciones se conoce este roble, tiene en este sector de la sierra de La Demanda su mejor hábitat.
El melojo es un árbol no muy elevado, que raramente sobrepasa los 20 metros, de copa irregular y tronco con corteza cenicienta, cubierta en los ejemplares viejos por una espesa capa de musgo. Las hojas están hendidas en lóbulos profundos e irregulares, que a menudo llegan cerca del nervio medio. Las características edafológicas -suelos sueltos y silíceos-, y de altitud, acompañadas de un clima húmedo, pero con un par de meses de sequía estival, hacen de esta comarca de la sierra burgalesa la zona ideal, para el desarrollo de este tipo de robles.
En su espesura se refugian corzos, jabalíes, ginetas, martas, garduñas, gatos monteses y tejones. El búho chico entre las rapaces nocturnas, junto con pinzones, mirlos, mosquiteros, herrerillo y carbonero configuran la rica avifauna de estos bosques.
En un prado y dominando el viejo pantano, se localiza un refugio de montaña. Descendiendo la ladera hacia el embalse, rápidamente se llega a la caja del ferrocarril minero abandonado. Este ferrocarril fue construido para transportar los minerales extraídos en la sierra. Aunque esta cuenca carbonífera no tiene una gran riqueza minera, su explotación desde el punto de vista geológico ha servido para el estudio y datación de los materiales que conforman este antiguo macizo.
Hace 300 millones de años, durante el Carbonífero Superior, un mar cálido cubría gran parte de La Demanda. En sus orillas crecían grandes helechos arborescentes de más de 40 metros de alto. Los restos de estas plantas -calamites, lepidodemdrom y asterophyllites- aparecen ahora en varios yacimientos.
Para regresar al punto de partida, no existe otra solución que seguir el ferrocarril hacia la izquierda. A través de su sinuoso trazado, se llega hasta el arroyo de Urrez, muy cerca ya de la carretera que lleva a este pueblo. Sólo queda remontar este curso de agua para concluir el paseo a pie.
Cómo llegar
El macizo de la sierra de La Demanda, está situado al sureste de la ciudad de Burgos. Para llegar a sus estribaciones hay que salir de la capital por la carretera de Logroño. En Ibeas de Juarros, se toma la carretera local que por Arlanzón conduce hacia Villasur de Herreros. Un kilómetro antes de este último pueblo es necesario coger la pista asfaltada que se dirige a Urrez.
Datos útiles
Época recomendable: primavera y otoño.
Dificultad: media.
Distancia y tiempo: 18 kilómetros y siete horas.
Interés: fósiles, fauna y vegetación.
Mapa topográfico l:50.000:nº 20-11

El parque natural del cañón del río Lobos está situado a caballo de las provincias de Soria y Burgos. Aunque el tramo burgalés es menos conocido y visitado que el sector soriano, no deja de ser tanto o más interesante que éste. A través de caminos y sendas se puede recorrer este singular espacio biogeográfico, caracterizado por un profundo cañón de escarpados farallones calizos, en el que se dan cita una rica variedad de fauna y flora, un magnífico paisaje y un mágico ambiente proporcionado por el cercano enclave de los caballeros templarios.
Recorrido
Hay que comenzar a caminar en el mismo pueblo de Hontoria del Pinar. El topónimo Hontoria desciende etimológicamente del término medieval Fonteauria, con el sentido de fuente dorada. En una plaza de esta localidad burgalesa todavía se conserva un curioso rollo rematado por un gran capitel romano invertido, y del que aún cuelgan los grilletes que servían para inmovilizar a los ajusticiados.
Tras salir de Hontoria, hay que descender por el camino que se acerca al río Lobos. Cruzamos éste por un pintoresco puente romano, tendido sobre el río, aprovechando una gran roca desprendida de la montaña. Por este lugar pasaba la vía romana que unía las ciudades de Uxama y Clunia.
El recorrido continúa siguiendo el curso descendente de las aguas. El río va a servir como referencia y guía durante casi toda la ruta. Después de atravesar una antigua cantera de grava y arena, el camino se introduce plenamente en la garganta.
El cañón del río Lobos, declarado hace pocos años parque natural, es uno de los espacios biogeográficos más importantes de Castilla y León. Es de destacar su estructura geológica: un profundo cañón formado por las aguas del río Lobos en tas calizas compactas del Cretácíco Superior e Inferior. Además su carácter aislado e inaccesible ha permitido la conservación de unas importantes comunidades biológicas y botánicas.
Según vamos avanzando por la cada vez más angosta y serpenteante garganta, el sabinar es sustituido por un denso bosque de Pino negro (Pinus nigra). El pino negral es un árbol de tamaño medio que puede sobrepasar los 30 metros de altura. Su copa y tronco tienen formas muy variables, adaptadas a los ambientes y a los suelos en los que se desarrollan. Tienen hojas aciculares, de 10 a 16 centímetros de largo, de color verde intenso. Las piñas son bastante pequeñas y de una tonalidad pardo rojiza. Es un árbol preferentemente adaptado a las condiciones edafológicas y climáticas de esta zona, ya que presenta una marcada preferencia por los suelos calizos y es muy resistente a la sequía y a los grandes fríos invernales.
Este sector burgalés del cañón del río Lobos ha sido habitado por el hombre desde hace miles de años, como así lo atestiguan los útiles de piedra del Paleolítico Medio encontrados en algunos abrigos rocosos situados en el término de Hontoria del Pinar.
En algunas zonas el río desaparece tragado -debido al carácter kárstico del terreno- por profundos sumideros, apareciendo de nuevo a los pocos kilómetros en unas espectaculares sugerencias. Parece como si el río jugase al escondite con el caminante.
El cañón, ha preservado en su interior una rica y variada fauna. En sus altos y escarpados farallones calizos tienen sus buitreras un gran número de parejas de buitre leonado. También en los roquedos anidan varias águilas reales, calzadas y culebreras. En los pinares pueden verse bandas ruidosas de piquituertos en busca de piñas, junto a carboneros, pico picapinos y pitos reales. Entre los mamíferos destacan los jabalíes, corzos, ginetas, tejones, zorros y gato montés.
Si el recorrido se lleva a cabo durante el otoño -y las condiciones meteorológicas son las adecuadas-, es posible estudiar y recolectar una gran cantidad de setas y hongos. Entre las más abundantes y fáciles de identificar están los níscalos (Lactarius deliciosus) y la seta borracha o de mango azul (Lepista nuda).
Es curioso observar como muchos de los ejemplares más viejos de pino negro, que pueden llegar a vivir quinientos años, están totalmente recubiertos de líquenes -vegetal constituido por la simbiosis de un hongo y un alga-, entre los que destacan el llamado barbudo y el liquen alambre.
Poco a poco el cañón se va haciendo más profundo y escarpado y en sus paredes rocosas se abren y recortan multitud de cuevas y abrigos. En las grietas de las rocas se han instalado algunos pinos que crecen en posiciones inverosímiles.
Sobrecoge el ánimo atravesar este silencioso y solitario desfiladero. Seguramente por este motivo, los caballeros templarios eligieron la Ermita de San Bartolomé -también en el cañón del Lobos-, como centro religioso de su misteriosa orden.
Tras recorrer unos ocho kilómetros llegamos a la carretera que cruza el cañón por una pequeña depresión. Aquí se presentan dos alternativas: podemos volver sobre nuestros pasos y regresar de nuevo por el cañón o continuar el recorrido para completar el circuito. Si decidimos proseguir, hay que tomar la carretera hacia la izquierda. Después de andar unos kilómetros hay que cruzar el pueblo abandonado de Arganza. Al llegar a una pronunciada curva a la derecha -a cuatrocientos metros del pueblo-, se debe coger una senda que nace a la izquierda de la carretera. Tras otros cincuenta metros encontramos la pista que hacia la izquierda conduce de nuevo a Hontoria del Pinar.
Este camino discurre por un vallejo en el que abunda el roble marojo. Al encontrar una nueva bifurcación, hay que desviarse a la derecha, y después de atravesar unas praderas flanqueadas por pinos y sabina albar, llegar al final del trayecto.
Cómo llegar
Para acceder al sector burgalés del río Lobos, hay que salir de Burgos por la N-I. A la altura de Sarracín es preciso desviarse por la carretera de Soria, hasta llegar a Hontoria del Pinar. Desde Madrid y Aranda de Duero se debe tomar la C- 111, por Peñaranda de Duero.
Datos útiles
Época recomendable: todo el año.
Dificultad: media.
Distancia y tiempo: 18 kilómetros y seis horas.
Interés: paisaje, fauna y flora.
Mapas topográficos 1:50.000: nº 21-13 y 21-14.

Además del Ebro, el río Nela es el principal curso fluvial que recorre Las Merindades, comarca del norte de la provincia que también se conoce como las "Montañas de Burgos". Las fuentes del Nela están situadas justo en el límite entre Cantabria y Burgos, en una zona de clima atlántico, cubierta por extensos bosques de haya y roble pedunculado. Hace 5.000 años, las gentes de la cultura megalítica eligieron este paradisíaco y aislado lugar para levantar sus dólmenes. En Busnela, Ahedo y Robledo de las Pueblas se han encontrado varios de estos monumentos funerarios. En las aguas puras y cristalinas de este río todavía evolucionan las cada día más escasas nutrias.
Recorrido
Unos metros antes de que acabe la pista asfaltada que conduce hasta Busnela encontramos una explanada donde aparcar con comodidad nuestro vehículo. Justo en frente, a mano izquierda y sobre una pequeña elevación, se localiza el dolmen semirrupestre de Busnela. Este megalito se construyó aprovechando una gran roca con una concavidad, en la que se ha situado la cámara sepulcral. Esta se ha cerrado mediante siete grandes ortostatos de roca arenisca.
Los dólmenes, además de servir como enterramiento a las gentes megalíticas, tenían un gran simbolismo relacionado con los cultos de la fertilidad. Aún hoy quedan restos de la fe en los poderes de las grandes piedras. El espacio entre las rocas y piedras o los agujeros que en ellos aparecen se utilizan para ritos de fertilidad o de salud.
Hay que volver a la pista de tierra y continuar el camino hacia el pueblo de Busnela. Más abajo corre impetuoso el Nela, a cuyas fuentes encaminamos nuestros pasos. Tras dejar a un lado la piscifactoría, donde se crían reputados "sementales" de trucha común, muy pronto se divisa el pueblo.
Situado en la ladera de una montaña y rodeado de un denso robledal, este pequeño núcleo rural conserva -a pesar de estar deshabitado-, un interesante conjunto de arquitectura popular. La tipología de sus casas responde con nitidez al ejemplo de construcción montañesa. El camino se interna por la calle principal de Busnela. que en dos grandes revueltas, asciende hasta lo alto del pueblo. Al pie de su iglesia parroquial, hay plantado un centenario tejo, árbol sagrado para los celtas y que ha pervivido aún en tiempos cristianos, como símbolo de lo inmortal.
Se sale del pueblo por una senda que nace al lado mismo de la iglesia y que baja faldeando por una ladera cubierta de brezos, árgomas y helechos, hasta la orilla del río Nela. Este río desciende desde los montes que separan Burgos de Cantabria y que así mismo sirven de divisoria a las cuencas hidrográficas del Cantábrico y del Ebro.
Después de cruzar el barranco de Cortemoro, que desemboca en el Neta en una bonita cascada, seguimos el curso de éste en dirección a su nacimiento. El bosque de ribera que acompaña al río está compuesto principalmente de roble pedunculado (Quercus robur), acompañado por algunos ejemplares de fresno, abedul, tejo y acebo. Seguimos siempre paralelos al río, bien por su misma orilla -en algunos tramos deberemos salvar alguna dificultad- o por un camino bien marcado que también remota su curso.
Esta zona pertenece al sector occidental de la cuenca Cantábrica. Sus condiciones climáticas, clima húmedo suavizado por la influencia oceánica, son características de la llamada provincia atlántica. Esto, unido a un suelo ácido. compuesto por areniscas, arenas y arcillas del Cretácico, y junto al aislamiento y casi desertización humana de la zona -menos de 10 habitantes por kilómetro cuadrado-, han permitido la conservación de su vegetación clímax.
Este estado del paisaje vegetal es siempre un bosque, en este caso un bosque mixto de haya y roble pedunculado. Este árbol es el mayor de los robles que crecen la región. Puede alcanzar los 40 metros y llegar a vivir más de 600 años. Se llama pedunculado porque sus bellotas tienen un largo pedúnculo. Su hoja grande de peciolo muy corto es lobulada y lampiña.
En los profundos barrancos excavados por el Nela, los robles llegan hasta los 800-900 metros, a partir de esta altitud los sustituyen las hayas y los prados naturales. Continuamos andando por el bosque, en el que se refugian lirones, tejones. gato montés, jabalíes y lobos. Entre las aves sobre todo en primavera, veremos mirlos, malvices, currucas, reyezuelo listado, mosquitero y petirrojo. El azor y el gavilán tienen aquí sus cazaderos.
Tras cruzar el arroyo Los Cobatos, por un tronco a modo de puente. Con un poco de atención, podremos ver huellas de nutria en la arena de las orillas. Después de andar un pequeño trecho y a la izquierda, se ve un puente de cemento por el que deberemos cruzar el Nela. Muy pronto cambia totalmente el escenario. Ahora caminamos por unas extensas praderas naturales, en las que abundan los brezos, brecina, árgoma y tojo. En estos pastizales o landas, la ornitofauna muestra caracteres mixtos entre estépica y forestal. Pueden verse, alondra, collalba, tarabilla y verderón serrano. Los ratoneros son las rapaces más frecuentes.
Por un camino bien marcado, descendemos hasta Ahedo de Las Pueblas. A la entrada de este pueblo, hay que tomar hacia la izquierda un camino que por un vallejo conduce de nuevo al río Nela. Cruzamos éste por un puente de piedra y tomamos la senda que nace en frente y que rápidamente se dirige a Busnela.
Cómo llegar
Desde Burgos y por la carretera de Santander hay que llegar a Cilleruelo de Bezana, donde es preciso desviarse hacia Soncillo. En la cabecera de Valdebezana se toma la carretera hacia Espinosa de los Monteros. Muy pronto se localiza el cruce para Cidad y Busnela. Esta zona burgalesa está muy cerca de Euskadi (País Vasco) y de Cantabria.
Datos útiles
Epoca recomendable: Todo el año menos en invierno.
Dificultad: media.
Distancia y tiempo: 11 kilómetros y tres horas y media.
Interés: arqueológico y botánico.
Mapa topográfico 1:50.000: nº 19-6.

El San Millán es, con sus 2.131 metros, el pico más alto de Burgos. Desde su cumbre se divisa casi toda la provincia. Tiene varias vías de acceso, pero sin duda, la más interesante y atractiva es la que discurre remontando el valle del río Urbión. Este pequeño río que nace en la vertiente norte de la montaña, en sus primeros kilómetros discurre por uno de los hayedos mejor conservados de toda Castilla y León. También es importante su riqueza faunística. Destacan entre otras especies corzos, ciervos, jabalíes, ardillas y nutrias. Sin embargo son los lobos, con una de las mayores densidades de Europa, los grandes protagonistas y señores de estos bosques y sierras.
Recorrido
En el mismo Santa Cruz del Valle Urbión comenzamos esta marcha a pie, al fondo destaca la impresionante mole del pico San Millán. En el pueblo serrano aún se conservan las formas de vida tradicional. En la estructura de sus casas domina el entramado de madera, relleno de cascajos y piedras. Completan la construcción los grandes volados de sus tejados y la presencia de zócalos ejecutados en piedra. Esta arquitectura popular denota influencias muy variadas, desde las vascas y riojanas hasta las más cercanas de la Bureba.
Una vez atravesado el pueblo, hay que continuar el camino por una zona de huertos y prados en los que pacen numerosas vacas. A un kilómetro, a la derecha del camino, se pueden contemplar dos magníficos ejemplares de castaño (Castanea sativa), muy raros en esta provincia.
El camino discurre casi siempre paralelo al río Urbión. que desciende impetuoso desde su nacimiento en la montaña; enseguida llegamos a una bifurcación donde se debe tomar la pista de la izquierda, que suavemente nos va a llevar hasta la base del San Millán.
El macizo de la sierra de La Demanda representa la última manifestación del conjunto de la Cordillera Ibérica. Las rocas que afloran en esta zona se pueden fechar dentro del Cámbrico y son las más antiguas de Burgos. La Demanda tiene un gran interés desde el punto de vista geológico, y han sido muchos los científicos que la han recorrido para estudiar su estructura litológica.
Antes de introducirse en el bosque de hayas, el camino atraviesa una zona de pastos artificiales logrados a costa de sacrificar el robledal autóctono. Todavía se puede ver algún ejemplar aislado de roble albar (Quercus petraea). Al llegar a un pequeño refugio, continuamos por el camino de la derecha y tras atravesar un puente de cemento, se alcanza un nuevo cruce de caminos, aquí hay que tomar el de la izquierda. A partir de este punto el paseo no tiene pérdida, ya que debemos continuar la marcha sin dejar el curso del río Urbión.
Muy pronto comienzan a aparecer las primeras hayas. Árbol caducifolio de la familia de las Fagáceas -robles y castaños -, puede llegar a los 30 metros de altura, muy variado de porte -según crezca aislado o en bosque cerrado-, de tronco recto y cilíndrico con corteza lisa de color ceniciento o blanquecino. Alcanza su mayor crecimiento a los 125-150 años y envejece a los 300. Las hojas brotan, dependiendo de la altitud, de finales de abril a primeros de junio; son de un verde intenso, de borde liso y cuando caen a finales de octubre o noviembre, adquieren una bella tonalidad broncínea. El haya se genera por semillas y germina a la sombra que proyecta su denso follaje.
Según se gana en altitud, el camino se va transformando paulatinamente en una senda bien marcada. En varios puntos es necesario vadear el río, utilizando rústicos puentes de troncos o simplemente saltando de piedra en piedra. En sus cristalinas aguas es fácil ver evolucionar alguna pequeña trucha de montaña, perseguidas todavía por las nutrias.
El agua es muy abundante y rebosa en multitud de arroyos -Ornarnia, Gilas, Rilar-tea, Almegia, Zarria-, y manantiales -Palancar, Tejera, Lácigas, Andurla-. que a su vez configuran la cabecera del río Urbión, que pertenece a la cuenca hidrográfica del Ebro.
Asociadas con las hayas aparecen otra serie de especies arbóreas y arbustivas. Entre todas ellas destaca el tejo (Taxus baccata), de follaje verde oscuro, mantiene su hoja durante todo el año. Muy buscado por la calidad de su madera, casi ha desaparecido de estas montañas. Los ejemplares que aún se conservan, tienen un porte excepcional y con toda seguridad superan los mil años.
El serbal blanco, el serbal de los cazadores y el acebo, entre los árboles, y las frambuesas, los brezos y los helechos formando el sotobosque del hayedo, completan la típica vegetación del bosque caducifolio. Es casi seguro que en nuestra marcha veamos saltar algún corzo entre las rocas de la montaña. También están representadas, aunque en menor número, otras especies de mamíferos ungulados como ciervos y jabalíes. Entre los carnívoros destaca el lobo, que tiene por estos pagos uno de sus últimos reductos europeos.
Al superar la cola de los 1.600 metros, el hayedo es sustituido por matojos de piorno serrano y enebro rastrero. Sobre los 2.000 metros, las condiciones ambientales se hacen tan duras que ni siquiera pueden mantenerse los piornales y la vegetación se transforma en herbácea: pastizales y cevurnales de alta montaña. En este piso de vegetación se refugian, durante la primavera y el verano, multitud de pequeñas aves: alondras, collalbas grises, tarabillas, zorzales charlos y verderones serranos.
A partir de este punto el suelo aparece cubierto de numerosos canchales de piedra, producidos por la gelifracción -fragmentación de las rocas por el hielo y el deshielo del agua- en los que apenas sobreviven algunos líquenes. Estas rocas están cubiertas todo el invierno y parte de la primavera por grandes cantidades de nieve y hielo que garantizan, incluso en épocas de gran sequía, el aporte suficiente de agua para cubrir las necesidades del tapiz vegetal de la zona.
Estamos muy cerca de la cumbre, pero aún queda el tramo más complicado. Lo mejor -si no se es un experto montañero-, es desandar lo andado y volver, tranquilamente, disfrutando de nuevo de las maravillas del bosque hasta el punto de partida.
Cómo llegar
La sierra de La Demanda se encuentra a unos 50 kilómetros de Burgos. Su silueta montañosa es visible -en los días claros-, desde casi cualquier lugar elevado de la provincia. Para adrentarse en esta zona hay que partir de Burgos por la carretera de Logroño. En Ibeas de Juarros, es preciso tomar la desviación hacia Pradoluengo, que por Arlanzón y Valmala, conduce cómodamente a Santa Cruz del Valle Urbión .
Datos útiles
Época recomendable: primavera y otoño.
Dificultad: media-alta.
Distancia y tiempo: 14 kilómetros y más de seis horas.
Interés: Fauna, flora y paisaje.
Mapa topográfico 1:50.000: nº 20-11.

Rutas y paseos por Tierras de Burgos. Enrique del Rivero.